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YEMANJÁ, UN MISTERIO QUE NI LOS MARINEROS MÁS VIEJOS COMPRENDEN

 

Experiencia en la 33° Fiesta del Mar en Homenaje a Yemanjá organizada por el Centro de Estudios Africanistas Reino de Yemanjá Bomí (CABA).

 

Esta ceremonia se ofrece anualmente, alrededor del primer fin de semana de febrero y está abierta a curiosos y simpatizantes que quieran presenciarla, en las costas de Brasil, Uruguay y de nuestro país. La fecha de la fiesta de Yemanjá es el 2 de febrero. Yemanjá, también llamada Janaína, es conocida como la “Señora de los mares” según las religiones afroamericanas.

 

Hay que decir que estas religiones presentan una gran cantidad de adeptos en distintos lugares de Latinoamérica y el Caribe, y cada una de ellas tiene características y nombres particulares. Algunas de éstas son el Candomblé (mayormente practicado en Brasil, Colombia y también en Argentina, Uruguay, México, etc.), la Umbanda (en Brasil y Uruguay), la Santería (en Cuba, Puerto Rico, Colombia, Rep. Dominicana, Venezuela, Panamá y varios lugares de EEUU) y el Vudú Haitiano. Más allá de sus particularidades, todas comparten un origen común enraizado en África y su traslado a América de la mano de los esclavos africanos.

 

Sus espíritus divinos reciben el nombre de “Orixás”. Yemanjá es uno de ellos, la Diosa regente del Mar, la Fertilidad, la Familia y los Pescadores. En palabras de Elyette Guimarães De Magalhães Yemanjá es “el verdadero prototipo de Magna Mater africana”. Y según Meri Lao, Yemanjá es la sirena de América por antonomasia: “en África, Yemanjá (del yoruba yeyé, madre, y ejá, pez) era la diosa de las aguas, hija del cielo (Obatalá) y de la tierra (Oduduá). Benévola, madre de todos los dioses, su vientre está perennemente hinchado, como también sus senos, de los que brotan los ríos del mundo”.

 

En la fiesta de veneración a esta Diosa llama la atención el gran nivel de cuidado en cada detalle, como si la procesión se tratara de una obra de arte en movimiento, con una gran impronta femenina. Durante la procesión también participaría AMADI (Asociación Marplatense de Derechos a la Igualdad) portando la bandera del Orgullo LGBT (Lésbicas, Gays, Bissexuales, Travestis, Transexuales y Transgéneros) como una muestra y símbolo de apoyo en nombre de la diversidad sexual, étnica y religiosa.

 

Este año la celebración estuvo amenazada con una lluvia que no paró durante toda la noche. Durante los preparativos, llovía. Todos los fieles vestidos con sus atuendos, emocionados, tomándose fotos frente a la estatua de Yemanjá, traída desde Nigeria desde hace más de 15 años.

 

Los fieles colocaban sus pedidos en unas barcas llenas de collares, caracoles, plumas de color turquesa, espejos, maquillajes, pulseras de perlas, pedazos de sandía, melón con mazamorra, los papelitos doblados con los pedidos, lápices de labios, perfumes de rosas, frascos de colonia, jabones y miel. Las ofrendas tienen una marcada línea de consumo femenino. Todos estos objetos, comidas y colores son los que más gustan y complacen a Yemanjá.

 

El Pai Hugo tenía una notable expresión de preocupación por la lluvia, pero cada tanto reía. “¿Pero no se puede hacer algo para que pare de llover? No sé… pedirle a Yemanjá, a Yansã (Orixá de los relámpagos, vientos y tempestades) que el clima se aplaque… ¿o quizás esta vez, Yemanjá no quería?”.

 

“Yemanjá juega en el mar. Hubo un tiempo, los más viejos lo recuerdan, que las furias de Yemanjá eran tremendas. Entonces no jugaba. Los temporales batían la barra y desbordaban el río sobre sus orillas. Yemanjá estaba en sus años terribles y no quería cantos, músicas, jabones y peines, quería seres humanos. La cólera de Yemanjá era terrible” (Mar Muerto, Jorge Amado, 1972)

 

El temperamento de Yemanjá no siempre es el de una madre buena y condescendiente. A veces el mar parece calmo pero sin embargo, intempestivamente, ocurren remolinos, arenas barrosas y profundas del fondo salen a flote, movimientos del agua y velocidades bruscas y agresivas, el peso y el filo de la arena y la sal. La inestabilidad y el cambio permanente en las mareas por los vientos, las tormentas eléctricas, la luna.  En esos momentos, una tromba marina azotaba las costas de Pinamar.

 

Y de un instante al otro, mágicamente paró de llover. Ánimo por demás jolgorioso en el micro de las Bahianas (religiosas ataviadas con las ropas típicas). El Pai José Luis arengando para que todos aplaudan, griten y festejen ya que por fin arrancaba la fiesta, que las Bahianas sonrían para las fotos, que todos festejen a viva voz que la lluvia había parado.

 

Durante la bella procesión, empezó a soplar más viento. Se volaban las polleras con miriñiaque de las Bahianas. El gris del cielo nublado de las diecinueve y pico de horas, el mal humor de las olas del mar y el viento empezaron a enfriar los huesos un poco más profundo. Así y todo, el paisaje de los colores de las ropas y el fondo gris de la playa eran bellos e inspiradores. El viento marítimo también puso su ingrediente en esa tonalidad de colores que se movían en la ceremonia. Cada paso frío y liviano que daba se reforzaba por el son de los tamboreros cantando “pontos” de Umbanda en lengua Yoruba.

 

Bajar las escaleras de la Rambla e ir entrando a la playa. Se sentía una gran emoción, una inmensa alegría; aquí se encontraba el sentido íntegro de estar presente. Era una ceremonia religiosa que entraba al mar. La arena fría, la gente entrando a la playa popular.

 

La estatua de Yemanjá apoyada en la arena, plena de lirios alrededor; sólo veía a los devotos de blanco. Querían armar una barrera humana de ambos lados, para cuando se acercaran las ofrendas. Hacía frío.

 

El mar, la arena, la oscuridad, todo ocurriendo al mismo tiempo, micro-situaciones por todos lados. La gente empezó a alcanzar las barcas a los guardavidas, quienes entrarían las ofrendas mar adentro porque el clima estaba tan agresivo que siquiera estaba permitido que lo hicieran los fieles. “Odô ia”, “Omio Yemanjá” parecía escucharse de parte de algunos.

 

En el agua una señora en solitario emitía un cántico que no tenía letra, caminaba para atrás con el agua por debajo de las rodillas. El Pai Hugo en estado meditativo, en un momento con brazos abiertos hacia el mar, quieto, en silencio, mirando el horizonte sostenido del brazo de una mujer más joven. Más personas entran al agua. Otra señora se acercaba al agua y ejecutaba unos pasos, parecían como de una pequeña danza, movía sus brazos y manos con una dirección clara, el torso apuntando un poco hacia el suelo, una especie de paso circular. Y de pronto: fuegos artificiales.

 

Todo era como una especie de configuración desalineada, como un paisaje ondulante, diverso. Flores blancas abandonadas en la arena, una Bahiana acercándose a la gente y repartiendo guías (largos collares de mostacillas de color celeste). Una fuente de manos extendidas sobre la mujer, “hay para todos, tranquilos”, y gente empujando. Una señora cubriéndose el rostro con una tela de seda blanca con puntillas, un poco encorvada, sostenida del brazo por un hombre que la acompañaba en su caminar.

 

Algo estaba pasando en un pequeño círculo que se había conformado desde hacía un rato, mientras los otros seguían con el agua hasta la rodilla, cuerpos y rostros dirigidos hacia el mar. Confusión. Los tamboreros seguían con sus toques. Frío. La humedad calaba la médula. Temblores. Pero no se trataba sólo del frío y la humedad. Se sentía la presencia de un “misterio tremendo y fascinante”, como diría el teólogo protestante Rudolf Otto. La fuerza de la devoción y la fe de los fieles, el mar cada vez más oscuro y tempestuoso, con esas olas que avanzaban sin cesar.

 

El frío, el agua, sentirse débil o emocionado, no entender, sorprenderse. Algunos hablando en portugués: “Bom Día”, decía el Pai Hugo. Saludaba y tenía una sonrisa y una mirada que un poco se perdía. Al parecer había incorporado a un espíritu infantil. A la señora que tenía el rostro cubierto se acercaban algunas personas; ella los abrazaba y los cubría con esa telita de puntillas blancas. Les hablaba. Bajo la tela, los rostros, las almas y los espíritus que se decían cosas.

 

 

“Pero Yemanjá no viene cantándole nada más,

hay que ir a buscarla, llevarle regalos”

Mar Muerto (Jorge Amado, 1972)

 

 

 

 

*Antropóloga (UBA)

 

 

 

 

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