Vida, muerte y resurrección de la Ciudad. Reflexiones del 2020 sobre la ciudad en tiempos de Covid


Cuando Juan Salvo llegó al futuro encontró una ciudad desolada, arrasada por la guerra interplanetaria. Los manos y otras especies se hicieron de la ciudad, los humanos resistieron en las cavernas, en las cuevas construidas en los barrancos del Río de La Plata. Lo único que quedó de la ciudad fueron sus huellas, sus pisadas, o en palabras de Kevin Lynch (1964), sus mojones, sendas, bordes, barrios y nodos. Aunque esa ciudad no existiese más, aún la podemos identificar por sus elementos.





Hace un tiempo me solicitaron que realice una pequeña reflexión sobre el futuro de las ciudades en relación a los efectos de la pandemia, por justamente no tener tiempo (o vaya uno a saber qué cosa) nunca pude expresar mis sentipensares respeto al tópico propuesto.

Debo reconocer también que en varias oportunidades intente escribir una reflexión atinada, me reencuentro con escritos comenzados que mueren en el tercer o cuarto párrafo (el que hace alusión a nuestro amigo el Eternauta es uno) y de cada uno sacaré la idea que repimporoteaba por mi cabeza, fíjese que el periodo de tiempo entre los escritor fueron de semanas, meses, lo que fue el 2020.

La primera aproximación al mundo pandemia, respecto a lo que la nota concierne, fue que la Ciudad ha muerto. La redacte en Junio / Julio con la intención de publicarla en esas fechas. El concepto de la muerte de la ciudad, alguna vez usado por nuestra amiga Janes Jacob, se hizo fuerte en mi lectura urbana. Una ciudad en cuarentena, absolutamente desierta, silenciosa, solidaria. ¿Era la muerte de la ciudad de acumulacion capitalista por otra nueva? Ahora me lo pregunto, en ese momento decía lo siguiente:


Es necesario diferenciar dos cuestiones, por un lado la pandemia causada por el Covid-19 y por otro, la cuarentena impuesta por el gobierno nacional.

Cuando comenzó la pandemia en China nosotros disfrutamos del verano, los festejos de que la derecha no gobierne más aún eran frescos y esperábamos el 2020 con ansias de transformación en todos los campos: económicos, sociales, urbanos, culturales. A medida que el virus se propagó y comenzó a afectar occidente las preocupaciones por el posible efecto en nuestros aires era lejano, sin embargo el gobierno, ni bien terminó el verano y los árboles comenzaron a desprender sus primeras hojas decretó la cuarentena. Al principio, como todo lo exitista de nuestra sociedad, fuimos unidos. Al coronavirus lo íbamos a cagar a goles, lo íbamos a esperar con una mano atado a la cintura. Bien Argento la cuestión, salieron canciones, programas de tv, la romanización de la cuarentena, el “quédate en casa” y el “suponte”, todo lo que ya conocemos. Duró poco, como todo en nuestra sociedad, aunque los resultados fueron y son positivos ( la primera cuarentena estricta dio sus frutos en cuestiones sanitarias), acá si no salís campeón del mundo no existís. En fin, en los primeros días de julio del 2020 seguimos en casa, en-cuarentenados, con un par de kg de más y con las sensaciones encontradas, por lo menos en mi hogar, de pensar en el otro, en verdaderamente quien la está pasando mal. Lo que está no alcanza y está claro, el tema es esperar a que las decisiones se tomen de una buena vez por todas, que no nos dejemos llevar por cinco twitteros y un par de cacerolas en el centro de la renta urbana.

Cuando comenzó la pandemia en Argentina, en Marzo, quise realizar un análisis sobre cómo afecta la crisis del virus en nuestras ciudades, pero en ese momento consideré que un análisis de la ciudad post pandemia era aún prematuro, quizás lo sea ahora también, pero un olfato, un instinto, una premonición, una palpitación urbanista me hace pensar que la ciudad ha muerto.


Antecedentes en el s. XX

Jane Jacob escribió sobre el final apocalíptico de la ciudad planificada del siglo XX en su famoso libro “Vida y muerte de las ciudades americanas”. Criticaba fervorosamente la ciudad del mañana que Le Corbusier imaginaba, aquella con grandes edificios de hormigón, pabellones de vivienda obrera, autopistas como arterias principales y lugares exclusivos para trabajo. Las ideas al tope del congreso internacional de arquitectura moderna (CIAM). Las lógicas de la ciudad of tomorrow del CIAM vienen a dar respuestas a cuatro cuestiones que la sociedad moderna debía resolver: óseo, vivienda, trabajo y circulación. La acumulación y reproducción del capital también era una inquietud y necesidad para el nuevo capitalismo de posguerra, que mejor lugar que la ciudad moderna se convierta en el garaje de bienes y servicios del nuevo capital que emergió con el concreto. El auto era el motor, desarrollo del progreso, lo mismo que la “nueva clase obrera” de cuello blanco, incipiente en esta sociedad de consumo que necesitaba un hogar, al fin de cuentas, para la reproducción de la vida.

Volviendo a Jacobs y su teoría sobre la muerte de la ciudad tal como la describió nunca sucedió, de hecho fue la base, pilar y sustento de los que es la ciudad moderna. Jacob critica la planificación urbana, sobre todo a los urbanistas de ese momento que planifican la ciudad con las ideas del modernismo, pero también castiga otras corrientes como la de “ciudad jardín” de Howard. A su razón, despilfarraba el espacio público en contra de la escala humana y las necesidades para una sana reproducción de la vida. Jacobs siendo periodista financiada por la fundación Ford y Rockefeller, criticaba atrozmente la reproducción de capital en la ciudad con los principios que mencionamos del CIAM, que claramente son cuestionables y en eso estoy de acuerdo con ella, sin embargo propone una nueva ciudad, planificada también, pero que considere la reproducción de la vida de la nueva burguesía que se estaba formando en las afueras de New York. Proponía una ciudad de escala humana, diversificada en sus usos, culturalmente rica y sanamente sociable. La ciudad Snob. Que tampoco está mal. Para ella la ciudad es creada por quien la habita, por ende los mismos ciudadanos son autores de su propio espacio. La ciudad moderna será destruida por su propio germen.

¿Qué pasa con la ciudad latinoamericana? Bueno, hasta ahora las dos posturas que repasamos sobre el debate de cómo debe ser la ciudad moderna se centraron en occidente y en sociedades desarrolladas. La teoría del modernismo y la del movimiento libre de Jacobs no se aplican en su totalidad en nuestras latitudes, quizás podamos encontrar parches del modernismo le corbuseriano y parches de la planificación colectiva (muy pocos). En Argentina las ciudades, y aquí le damos la mano a Jacobs, no fueron planificadas por urbanistas, más allá de la intervención del Estado en la provisión de servicios, pero si por los propios habitantes, ¿un urbanismo paupérrimo?¿Un urbanismo popular?. La autoconstrucción de la vivienda por parte de los sectores obreros manuales dio lugar a la planificación a escala local del barrio y la ciudad. La segregación urbana, la marginación de los sectores vulnerables y el desprecio de los sectores dominantes, la aporofobia de la burguesía, fragmentó la ciudad y la hizo exclusiva para unos y vulnerable para otros. Sin embargo fue la pandemia, un virus que igualó la balanza y trata a todos por igual, no diferencia entre unos y otros.


Volvemos a Diciembre del 2020. Interesante la enseñanza del urbanismo y la planificación de la ciudad del siglo XX. Y si, no somos iguales, el virus no genero nada de lo que en ese momento pensaba. Entre ese Julio y este Diciembre hubo dos hechos en el campo urbano que demostraron que no todos somos iguales, se dejo ver que la ciudad capitalista y sus habitantes alienados somos lo mismos sujetos liberales: el confinamiento militarizado de Villa Azul y Villa Itatí y la toma, con posterior brutal desalojo, del predio de Guernica. La ciudad, aquella que se vanagloriaba de ser la solución al problema, comenzaba a mostrar por el rabillo que es segura y saludable, como siempre lo fue, para aquellos citizen que mostrasen en mano titulo de propiedad o en su defecto el contrato de alquiler rubricado por escribano público.


Segundo Intento

Por el mes de Octubre quise volver a retomar sobre los efectos de la pandemia en las ciudades, esta vez con un enfoque desde la teoría del espacialismo como resultado de procesos denominados como social break. Ya con los hechos mencionados anteriormente consumados y con la cuarentena flexibilizada mi duda giraba en torno al uso del espacio público respecto a quienes son los ciudadanos que pueden hacer uso efectivo de las maravillas que ofrece (o no) la ciudad.

Es muy pronto para pensar los resultados de la pandemia en las ciudades, porque cada efecto sistémico en la sociedad tarda en reflejarse. A priori lo que podemos descubrir son acciones que se reflejan en el uso del espacio, en clave de espacialidad la ciudad se rehace nuevamente. Un ejemplo sencillo que podemos rastrear brevemente es la expansión del imperio romano que con el tiempo se reflejó en la ciudad occidental cosmopolita.

No sé puede dejar de pensar cómo los procesos sociales reflejan en el espacio cotidiano y al tiempo los efectos en la ciudad. Claro que espacio y ciudad tienen mucho en común, la ciudad en términos de acumulación capitalista rápidamente se asocia a un sistema y el sistema con un proceso. Se puede asignar un orden a los fenómenos, podemos suponer que primero se refleja un proceso de quiebre social, luego espacial y por último urbano (se entiende el proceso espacial previo a la urbanidad). En los procesos urbanos, último ciclo, se reflejan los cambios económicos, políticos, culturales que pudo causar el quiebra social. En tal sentido no se puede disociar los procesos y pensarlos como fenómenos independientes a lo largo de un ciclo, si no se considera que previamente hubo un desencadenante, como en nuestro presente lo es el Covid-19, la pandemia y la cuarentena.

Entonces pensar los efectos del quiebre social en la ciudad a largo plazo, nos invita a reflexionar si la forma de acumulación capitalista de los últimos tiempos fue eficaz, equitativa, solidaria, sostenible y sustentable. Si analizamos datos, cerca del 50 por ciento de la población de las grandes ciudades latinoamericanas está sumergida en la pobreza, no posee vivienda, se encuentra segregada y se pone en duda su categoría de citizen por no acceder a los derechos básicos.

Esta proporción desigual entre ricos y pobres, incluidos y excluidos, con el correr del siglo XX se amplió y profundizó a partir de la década de los años 80´ con el inicio de los gobiernos neoliberales de Thatcher en Inglaterra y Reagan en Estados Unidos. Pero como todo proceso tiene un inicio (que es el fin de otro ciclo) de quiebre social que comenzó con la Gran Guerra, la crisis financiera de 1929 y la segunda guerra mundial. Para Latinoamérica los resultados espaciales se reflejaron en las migraciones europeas, que configuró una ciudad que fue transformándose al calor de las culturas fabriles/obreras europeas mixturado con lo vernáculo y los nuevos desarrollos tecnológicos (industria, comunidad organizada, tecnificación del campo). El neoliberalismo que comenzó en los 80´ con un modelo de ciudad moderna, competitiva y destinada a ser el baúl de las plusvalías extraordinarias generadas por el capital, tuvo su pico de tensión con la caída del muro de Berlín, el consenso de Washington y la teoría del patio trasero para las Américas. Este ciclo cierra en el nuevo milenio con varios factores, como fueron el atentado a las torres gemelas, las guerra en Oriente Medio y la crisis financiera del 2008.

Si realizamos entonces un paralelismo entre aquel ciclo iniciado por la muerte del heredero al trono del imperio Austro-Húngaro, el ascenso del neoliberalismo en los 80 y el final en el 2008, ¿podemos afirmar que este es un nuevo ciclo? ¿la crisis del Coronavirus es el fin de ciclo de una etapa o el comienzo de una nueva?


Conclusiones

Encontré otros escritos con similares tópicos durante este 2020 pero que no entraron en la selección aquí presente por los tiempos modernos de lecturas y por que este humilde artículo no pretende ser una tesis (¿o si?). Me quedo con las dos ideas que presento: la muerte de la ciudad tal como la conocemos y el quiebre social como hecho histórico / factor de cambio en el uso del espacio. Van de la mano si hilvanamos, pero no es mi tarea en este momento, espero los comentarios en todo caso. En fin, con todo el año consumado y visto y considerando todo lo que sucede en nuestras conurbadas tierras, puedo asegurar (aquí es el punto al que quería llegar después de todo) que las ciudades no van a cambiar por lo menos en el corto plazo. No van a cambiar las condiciones espaciales a menos que cambien las condiciones sociales y las estructuras heredadas por años de capitalismo, todo indica que las comodidades no se negocian viejo. La ciudad va a seguir siendo un lugar de oportunidades para aquellos que poseen los medios de producción (que concepto viejo, pero que actual!) y los recursos financieros para el usufructo del suelo. Los ciudadanos de segunda y de tercera se deberán conformar con los espacios peligrosos o con los usureros contratos de alquiler. La ciudad seguirá siendo excluyente, exclusiva, elitista, segregadora, racista. Mientras los habitantes que la habitan sigan siendo de tal forma, porque a fin de cuentas la culpa no es del chancho ¿no? y personalmente creo, como siempre digo, que si las cosas no cambian en 50 o 100 años viviremos bajo la tierra como topos, pero humanos.

*En algún momento, al inicio de la pandemia pensé (que iluso) que las condiciones urbanas cambiarían.


Nahuel Tobias Godoy


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