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POTRERO SIN GALOPAR

Según la definición del diccionario, un potrero es una persona que cuida potros o también un lugar dedicado a la cría de ganado caballar. Pero en el lenguaje popular, en el paisaje urbano se determina al potrero como aquel lugar donde íbamos a jugar a la pelota, al fútbol. Era un espacio ocioso donde generalmente los pibes emprolijaban, limpiaban, hacían un rectángulo imaginario e instalaban dos arcos y con un sutil toque de magia barrial se convertía en la bombonera o el monumental según el predominio de los locales.

 

 

 

Eran terrenos baldíos que mutaban su pasividad en áreas  recreativas masculinas, aunque con el tiempo en algunos barrios el futbol femenino imprimía sus huellas. Se juntaban ahí, se repartían jugadores  y se armaba un partido descollante, con muchos goles, mucha gambeta, mucha destreza. Tan era así que cuando un jugador profesional de primera división hace una hermosa y audaz jugada se refieren a ella con un “Como en el potrero” o “Le salió de potrero”.

 

Antes o después del partido cumplía con la función primaria de socialización. El centro del grupo era una botella de gaseosa con una introducción al vino o la cerveza para parecerse a los grandes que ocupaban  el lugar los domingos desplazando a los pibes a las tribunas de pasto y chicle. También ahí se secreteaban los primeros cigarrillos y se hablaba del mundo  que empezaba a la vuelta de la esquina y vaya uno a saber donde terminaba. También asomaban los capitanes naturales que los sociólogos denominarían líderes. Los directores técnicos que determinaban quien debía ocupar que lugar de la cancha. Se aplicaba trigonometría con ángulos de distintos grados y clavarla en un Angulo era como sacarse un diez y escaparse por la tangente era una jugada de pizarrón. También se aplicaban leyes físicas como la presión que había que darle a la pelota, como pegarle y con que parte del pie según el efecto deseado. Como correr, cambiar el aire, trabar, esquivar un patadon, como caer, como actuar y sobreactuar, como potenciar los reflejos y como calcular las dimensiones del terreno.

 

Hasta que un día veíamos como desde el área chica hasta el círculo central  se extendía un alambre tejido y desde el vértice del córner se levantaba una pared de material muy distinta a las paredes entre el 10 y el 8. Situación que obligaba a recalcular las dimensiones de nuestra cancha y apelábamos al agrimensor que todos llevamos dentro. Hasta que nuevas casas antipáticas  se devoraban definitivamente nuestro potrero, nuestro gol de media cancha. Era la ciudad que se nos venía encima y nos arrebata el grito casi gutural de gol, el caño, el ole, el garabato, el baile, la victoria, el llanto, la derrota, la puteada, la rabona y nos obligaba a un exilio futbolero. Era una ciudad amarga que desconoce totalmente un gol de taquito. La vereda y la calle no era lo mismo y de pronto fuimos potros sin potreros donde galopar pelota al pie.

 

Quien armaba la ciudad por aquel entonces seguro que carecía de pasión, de transpiración en la camiseta. Se torna entonces deseo ineludible que las futuras ciudades no sean tan amargas  y no se olviden de los potreros, los ciudadanos más ilustres de los barrios se lo agradecerán infinitamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

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