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MUERTE EN EL ANDÉN

Relato de una vuelta accidentada.

 


Miércoles 30 de agosto de 2017. Los que recuerdan esa semana sabrán que fue un día gris. Las nubes teñían todo, mejor dicho, lo desteñían todo. Como aquella remera que tanto me gustaba.

 

La rutina se enquista en el cuerpo. Un poco más cada día la carne se torna dura, tensa, los nervios se entumecen, la mirada pesa, el foco se torna irrelevante. El cuerpo se adapta al entorno de tal manera que se automatiza, la carne pasa a ser acero. En modo anestesiado me dirigía a la estación Palermo de la línea San Martín. Subo las escaleras, en ese momento no me percaté de todos los indicios que me prevenían de lo que estaba sucediendo.

 

El andén que hace Retiro-Cabred estaba cerrado. No me descoloca, un poco de resignación nomás. Tendré que esperar. No me pareció extraño, hace un tiempo están realizando refacciones en la estación y mi tiempo hace rato no es mío. Uno está tan disperso que cree que el mundo también está disperso. Es un mal de la época, estamos desconectados del momento y el lugar, la mente en las nubes, en las redes, en los sueños, no acá, no en este andén cerrado.

 

Policías y ferroviarios arrían a la masa obrera al andén habilitado, sé que es una fea expresión, pero los hechos son así. A veces hay que decir las cosas de manera cruda para poder comprenderlas. En mi ignorancia estaba contento, creí que sería un buen viaje. Con que poco nos conformamos ¿no? Uno puede tener un día devastador, pero cuando el guarda te dice ¡pasa pibe, pasa! lo tomas casi como una justicia divina.

 

 

 

Miro al suelo, esquivo charcos, esquivo personas que esquivan charcos. Es un largo viaje. La música me encapsula. Mi cuerpo se mueve por sí solo, deja de ser autómata, es libre por un momento. Ojalá la batería fuese eterna. Levanto la vista. Las personas susurran y miran al frente, no me parece extraño, la gente mira cada vez menos a los ojos cuando hablan.

 

La curiosidad invade mi cuerpo ¿qué están mirando? ¿qué pasó?

 

Debajo de una bolsa, rodeado por tres policías, en un andén en refacción se encuentra un cuerpo. Tenso. Frío. Inerte al viento, inerte a esa llovizna que entrecierra los ojos. 


Sin poder ver, pero al mismo inhabilitado a mover la cabeza. Con la vista rígida en unos pies que se asoman, rígida como la vista de Ricardo. ¿Porque darle nombre? Porque lo que no se nombra no existe y el solo existe en los recuerdos, en las memorias de las personas que lo conocieron ¿por qué Ricardo? Porque así se llamaba mi vecino.

 

Siempre esta ese “hache de pe” que está junto al hombre en la cornisa. No para ayudarlo. No para decirle lo bello que es vivir. Él se encuentra expectante como fiera al acecho, con lentes en vez de dientes acompañan la procesión. Esa eterna procesión. Solo por ese instante del vuelo, y si es afortunado, poder captar el momento justo en que alma abandona el cuerpo. Sin dudas seria uno de eso “hache de pe”. El morbo de la muerte es solo una expresión del aferro a la vida. La desgracia ajena son los miradores, puntos en donde uno se planta lo frágil del existir, o algo así dicen los psicólogos.

 

¿Cuándo se deja de ser humano? ¿Cuándo dejamos de existir? ¿Cuándo pasamos a ser un comentario? ¿un show? ¿una publicación en Facebook? ¿Al fin y al cabo la vida se mide en cuanto pueda joder a la gente con mi muerte?

Mi indignaba la indignación de las personas. No había sangre, no había restos de fibras musculares. Solo se sentó y dejo que su vida se escapara. Quizás hubiera preferido que el momento llegara escuchando los Beatles rodeado/a de sus seres queridos como Badia.

 

Yo por lo menos trato de no pensar en ese momento.

 

 

 

 

 

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