LA NIÑA DE LA MUERTE LENTA

Marta Sofía padecía una extraña enfermedad que los médicos no sabían diagnosticar con exactitud, por lo tanto los dispares tratamientos implementados no daban resultado, algunos días estaba mal y otros peor. A veces, esa eterna agonía, le daba respiro y de su cara brotaba una sonrisa de alivio. Era cuando enumeraba las flores silvestres que brotaban frente al patio. Cuando descubría las pequeñas metáforas del día. La herencia de plumas de las torcazas y el aire pueblerino lavado por el sol. Elevaba un dedo, como para medir la temperatura y era entonces cuando semejaba un ángel.

Cuando ella nació, era la niña más hermosa del lugar, con esos enormes ojos negros atrapaba todos los pájaros, todos los muebles, todos los objetos y todos los gestos de las personas que acercaban solo para contemplarla y extasiarse, como frente a una obra de arte. Según Teresita, la vieja criada de la casa, ahí fue cuando la ojearon para siempre. Y es normal, que los cristianos comunes, envidien tanta belleza concentrada en una criatura y en el torbellino de celos la maldijeron de tal forma, que nadie la pueda curar, salvo el Cosme, dejo caer la sugerencia. Pero padre y madre, muy católicos y devotos, no llevarían jamás a su bien amada Marta Sofía, a ese tipo.


Cosme aparte de negro era muy feo, andaba torcido y con un desprecio latente hacia los blancos, a quienes curaba sí, pero con gestos sin gracia. Había sido un esclavo que trajeron los Fernández Torres de contrabando de Brasil o de África, ni él sabe su origen. Estuvo en la finca en esa condición por más de 25 años, hasta que un juez, después de una larga investigación y constatación tuvo que liberarlo. Los peronistas habían amenazado al juez con un juicio político. Reclamaron sin éxito todos los sueldos atrasados e indemnización por los malos tratos y multas por reducir no a servidumbre, sino a esclavitud a un hombre. Pero se conformaran con la libertad y un caballo viejo, dada la delicada situación política del momento. Cosme aprendió algo de escritura y lectura en la unidad básica. Pero de rápida comprensión se dio cuenta enseguida para donde giraba el mundo y dejo la militancia urbana y discursiva y se sumó a las fuerzas revolucionarias. Fue en la yunga tucumana, en un enfrentamiento con el ejército que recibió cinco disparos y cayo a orillas del arroyo tejo. Donde lo dieron por muerto y ahí lo dejaron, para que el agua, el barro y las alimañas terminen con él, no iban a gastar papeles y ataúdes por un negro, que ni documento tenia. Dicen que ahí fue donde hizo un pacto con la muerte y que mantiene una relación muy estrecha con esta. Hoy tiene la espalda picada por tarascazos de los cuervos y los caranchos que se lo quisieron comer. Desde ahí es que camina inclinado y porta el apodo del torcido. Fue en la yunga donde aprendió de plantas medicinales, a curar el empacho, el ojeo, la pata de cabra, la culebrilla, y en su andar por los montes, fue sumando especialidades a su cósmica visión de la vida. Dicen que se comunica con los muertos a través de danzas y cantos.

Cuando volvió al pago y se instaló en las afueras del pueblo, comenzó la desgracia de los Fernández Torres, uno quedo paralitico, otro en coma vegetativo y la señora, a quien mucho tiempo llamo “Ama”, fue atacada por un artrosis fulminante, que ningún tratamiento médico pudo curar. Quien dedujo que la calamidad de esta noble familia tenía relación con el regreso del torcido, fue el padre Julio. Fue a la casa de Cosme, con un grupo de misioneras y catequistas y los hombres más devotos del pueblo, lo encontraron degollando una gallina y lo interrogó si se trataba acaso de un rito satánico y Cosme respondió que se trataba de un puchero. Respuesta que alivio a los feligreses. El negro miro fijo al cura y era como si mirara a todos a la vez, y con su voz ronca pregunto, “¿Qué quieren? Cierto escalofrío recorrió a todos los presentes. El cura no sabía que responder y solo balbuceo si él estaba bautizado. -No. Fue la respuesta. -¿Y quiere ser ungido con agua bendita y comenzar una vida cristiana? –No. Fue la respuesta seca. Sin más que decir, emprendieron la vuelta y en el sermón del domingo, el cura prohibió a todo el pueblo recibir asistencia alguna del brujo torcido. Y se lamentó, “Si no se hubiese abolido la santa inquisición, no estarían viviendo esto”

El padre Julio había visto, en los feroces ojos de Cosme, algo más que simple hechicería. Como si tuviera un estrecho vínculo con el demonio y que el único exorcismo posible, sería la hoguera. A pesar de su campaña feroz contra Cosme, la gente acudía a él en busca de atajos para aliviar enfermedades, mal de amores y aperturas de caminos para conseguir trabajo, sobre todo en casos imposibles para la ciencia. Una vez, Waldo un estudiante de Psicología, que pasaba las vacaciones de verano en el pueblo, ante la popularidad del torcido, decidió entrevistarlo para su próxima tesis. Quería establecer la relación casi imperceptible entre la subjetividad y la superstición, que una crece a la par de la otra y cómo es posible mover ese resorte sin que afecte la salud psíquica del sujeto. Cuando fue a verlo, el torcido estaba destazando prolijamente un cerdo que le habían traído en forma de pago. Antes de garabatear el saludo protocolar, Cosme dijo –Usted es vegetariano, pero entienda que los humanos deben alimentarse aun a costa de otras especias, el mundo vegetal también crece lento como para alimentarnos a todos, es si quiere, una guerra de especies, y debemos decidir quien vive, ellos o nosotros. Waldo quedo desconcertado, primero porque este hombre sabia su elección alimentaria y como se la argumento por la contraria. Renuncio a esgrimir una respuesta y solo dijo buenas tardes. –Para nosotros. Dijo Cosme, -Para el cerdo ya ve que no. –Pudo haber evitado esa desgracia. Dijo Waldo. –Yo sí, pero la cultura no. Tendrá que revertir más de un millón de años de hábitos.

El mate amargo le pone sabor a la tarde en la cuña boscosa santafesina, se presiente en el aire una constelación de plegarias, como si cada suplicante que llega al lugar, dejara parte del oscuro relámpago de sus deseos flotando sobre el pasto. – Su muerte está marcada en su mano. Dijo Cosme. Waldo responde con aire superado.- todos tenemos que morir algún día. - La suya tiene fecha y hora. –Ah sí, y cuándo será? Pregunto Waldo con cierta ironía. Este jueves a las tres de la tarde. Efectivamente, el jueves a las 15 horas y 2 minutos, falleció de un paro cardiaco, como Waldo había comentado esto a sus allegados, no sabían si el torcido había predicho el futuro inmediato o lo había condenado con un maleficio. Ante la duda, resolvieron nunca aceptar un mate del negro Cosme.

El hecho causo conmoción en el pueblo, y abrió un debate de grandes ribetes. ¿Es bueno saber la fecha de muerte de uno? Algunos decían que estaba bueno, para poder organizar el velorio, el espacio en el cementerio. Como esperarla y donde. Invitar a los que uno quiere, no solo al velatorio y la vigilia, sino al mismo instante de espiración. También implicaría un ahorro sustancial, evitando tratamientos e internaciones costosas. Mermaría no solo el negocio de los sanatorios, sino el de las casas fúnebres y todo el mercado que rodea un deceso. Otros sostenían que no está bueno saber la fecha de vencimiento, supliría todas las expectativas, desmotivaría y uno estará contando los días para el final.

Lo cierto es que ese pueblo de casas bajas y aire caliente, que invita a fabulas de poco vuelo y charlas protocolares y triviales. Se había puesto a pensar, a discutir, no solo la muerte, sino la vida. Tanta lugar ilusorio, tanto territorio de nunca abarcar, tanto objeto inútil, era cuestionado. Cuantos deseos reprimidos por el orden social, cuantas convenciones de convivencia, que vaya uno a saber quién las dicto. Y cuanto respeto a gente que no respeta. El padre Julio en misa, sostuvo ante los feligreses, que no es bueno ser consciente de la finitud, eso no estaba en el plan de dios y además este, no revelaría a un negro, la fecha del llamado divino.

Marta Sofía suspiro aliviada, el dolor le dio una leve tregua, como la lluvia se lo dio al pueblo, cuando todos los chicos a los siete años aprenden a leer, ella aprendía a hablar. A conocer el sentido de los sonidos, a registrar el nombre de todos las cosas y a conjugar los complicados verbos. Como buena familia católica, las abstracciones estaban a la orden del día, del fenómeno de la santísima trinidad, en adelante. También desafiaba la gravedad, dando pasos que requerían un estricto equilibrio. Las baldosas de barro cocido aportan la geometría y conforman el mapa de sus pasos. Le gustan los colores y las velas.

A pesar de las leves y temporarias mejoras de Marta Sofía, Teresa no veía interrumpirse su agonía. Aun sostenía que había que llevarla con el negro Cosme. Si no la podía curar, pues que diga cuanto iba a durar ese padecer. Teresa había sido la primera mujer con que estuvo Cosme, aun cuando era esclavo. Una siesta lo encontró a las orillas del rio Toba, tan triste y desconsolado, a pesar de ser un negro grande de apariencia poderosa. Sintió lastima por él y esa lastima la transformo en pasión. Abrazos tormentosos, besos llenos de agua de rio, lecho de orilla y dos cuerpos que concebían el mundo. Construyeron su propio calendario lunar, para encontrarse cobijados por la noche y sus estrellas. Aún faltaban años para la libertad del negro y cuando esta ocurrió, el almanaque de cielo oscuro se había borroneado y Teresa se había casado con un blanco libre o más o menos. Nunca hablaron del fracaso, ni de los lugares intactos del corazón. Simplemente la vida y la historia los fue separando.


Cuando Cosme regreso al pueblo, pensó que lo hacía por ella. Porque habría de volver al lugar que lo supo esclavo y subversivo, a una sociedad que lo ignoro en ambas condiciones? Lo más parecido al amor que musicalizo su cuerpo fue ella. La única ternura que aterrizó en su piel, fue la sus manos. Él no era un hombre vengativo, así que lo de los Fernández Torres ella lo creyó casualidad y que le sirvió a Cosme para acrecentar su fama de hechicero. Una vez tomo coraje y fue a las afueras del pueblo a verlo, pero él no estaba. Cuando ocasionalmente se cruzaban en el pueblo no se hablaban, pero ese era un rito que guardaban de cuando él era esclavo y no podía dirigirle la palabra en público.

El domingo se llevaría a cabo la procesión y misa de nuestra señora de la asunción, la patrona del lugar, como si faltaran patrones por estos lares. Padre y madre seguro que asistirán y estarán fuera del hogar por más de dos horas. Así que le mando un mensaje a Cosme, para que se acerque al puente de algarrobo que está en el fondo de la cuadra, porque no puede llevar tan lejos a la niña. Era el primer mensaje que le enviaba y en función sanitaria.

El domingo a las 9 en punto, partieron los padres de la niña a la procesión. Teresa la vistió rapido y salió con ella en brazos hacia el puente, lo cruzo, porque del otro lado era más solitario el paisaje. La sentó en un tronco, Marta Sofía estaba alegre y casi feliz y seguía con su vista a una familia de cuises, que cruzaba la polvorienta calle y se perdía en los matorrales de enfrente. Dos sauces llorones las protegían de la cabellera rustica del sol. El inclinado Cosme aparecía lento, como si emergiera de una de las huellas de la calle. Ella se paró a mitad del camino con sus brazos en jarra. Todas las fases de la luna brotaban en la llanura de sus ojos. Él acelero el paso, se acercó, la tomó por la cintura, la trajo contra sí y la beso como una cálida bestia. Marta Sofía veía como él la abrazaba para que no huya y veía también, que ella no quería huir. Sonrió frente a la escena de amor antiguo y quedo contemplando con mucha ternura, esos cuerpos impunes para la felicidad. Los cuises volvieron a cruzar la calle y ese beso aún no terminaba. – Bueno, dice teresa, -no vine para esto. Traje a esta niña que se muere lenta. Quiero que me digas que tiene y debes hacerlo rápido, sus padres están en la procesión y tenemos poco tiempo. Puedes curarla? El negro se acerca a la Marta Sofía, la toma de la mano y la suelta rápidamente. – Desde cuando esta así? Pregunto Cosme. –Desde siempre, va a cumplir ocho años y el padecimiento de su cuerpo no afloja, solo a veces. El rostro del negro se hace de piedra y es como si el bosque todo, se cruzara en su garganta. Se aleja con Teresa para comentarle sin que la niña escuche. –que tiene, pregunta ansiosa Teresa. Cosme la mira, tarda en hablar, hasta que pronuncia, -Esa niña está embarazada. – pero que estás diciendo Cosme, que locura es esa, yo te hacia medio loco pero no tanto.- Cálmate mujer. Lo que te digo es cierto, pero no es lo que tú crees. –Estas muy trastornado. Desilusionada se dirige para levantar a la niña de su asiento y volver a la casa. –Espera mujer, que es muy grave. Esa niña está embarazada del espíritu santo. –las cabras están menos locas que vos, Cosme. Vuelve a tu casa.

Tomo la niña en brazos y se marchó, Marta Sofía saludaba con una mano y una sonrisa muy dulce al negro, quien quedo parado y perplejo en el medio de la calle. Con la misma mano del adiós, la chica acariciaba su vientre y sonreía. En la casa la sentó en la reposera, puso la pava para el mate y se acomodó frente a ella. La escucho murmurar esos extraños sonidos, que desde chiquita solía emitir. Pensó en las náuseas y los vómitos que tuvo, en su vientre apenas hinchado, pero hinchado al fin. Pero quería esquivar esos pensamientos. No buscar indicios que justificaran lo que dijo Cosme.

Cuando llegaron los padres, Teresa se marchó, pero en vez de ir a su casa, donde la aguarda su marido, camino rápido a los de Cosme. Nuevamente el encuentro fue tormentoso, besos brillando y salpicando cada rincón de la piel, uno dentro de otro y ambos dentro del cuarto menguante del pasado, un instante, un suspiro y el vaciamiento de las nubes en la habitación de los milagros. Cuando se calmó la sublevación del amor. Ella le dijo, -no vine acá para esto. Quiero que me digas que tiene la niña. –Te lo dije mujer, está embarazada del espíritu santo. – Como puedo creer eso, Cosme? –Le crees a la biblia y no me crees a mí. Porque no tengo sotana. – Tiene apenas ocho años, nunca ha menstruado, nunca tuvo una relación. Yo la cuido. – Los tiempos divinos no son como los nuestros. Sentencio el torcido.

El negro Cosme había pronosticado la guerra de Malvinas, el campeonato mundial del 86, la hiperinflación del 89, , el cierre del ramal ferroviario del pueblo, la inundación que lleno de pescados las calles, lo del yacaré en el campanario de la iglesia y los teléfonos sin cable, aparte de unas cuantas muertes de paisanos. Pero esto, que la niña este embarazada por el espíritu santo y que vaya a parir a nuestro señor o señora, porque le parece que es nena por la forma de la panza. Ya era como mucho. Aparte en su noción de espíritu santo figuraba una hermosa paloma blanca y no una torcaza descolorida. Aparte el o la mesías debería nacer en una ciudad ostentosa o en una muy necesitada, pero acá, en este pueblo, lleno de gente sin gracia. Donde solo se conoce el padrenuestro de memoria, pero no el ave María. Donde los casamientos y los bautismos se hacen más por la fiesta y la apariencia, que por acto de fe. Donde no se distingue virtud de pecado. Ni pesebre tenemos, ni misa de gallo en navidad, ni abstinencia carnal en cuaresma.

Tres meses después, la cosa seguía igual y comenzaba a diluirse esa extraña profecía del negro Cosme. Pues no puede haber un embarazo tan largo, por más que se trate de un ser de luz. El caminar de gallina clueca de la niña, no computaba como síntoma y ese agarrarse la panza con las dos manos, puede ser un empacho mal curado. Solo ese balbucear de sonidos extraños de la niña, y que el negro Cosme dice que es arameo antiguo, pero como creerle si el apenas habla castellano. No. Definitivamente la niña no estaba embarazada. Y no sabía si alegrarse, porque la idea loca del negro, a pesar de su negación, íntimamente la deslumbraba. Ser la nana del milagro, parte de la historia de una nueva redención, la dula secreta de la madre del mesías y además el negro Cosme se constituiría en profeta y no cualquiera es amante de un profeta.

Así andaba, entre la ilusión peregrina en su interior y su discurso de negación. Espera a su vez una confirmación divina, una señal. Miraba las flores y las lluvias, para descubrir el delirio misterioso con que el señor se manifiesta. La raíz secreta de los signos prodigiosos de dios. Si le pudiera consultar al padre Julio, pero eso sería condenar a la hoguera misma al Cosme. Llevo a la niña a misa y la puso frente al sacerdote y luego frente al monaguillo, pero ninguno se inmuto, no veían nada en ella y solo decían que rezarían por su alma. La llevo frente a unos enfermos, para ver si estos se curaban, por si existían los milagros pre natales, pero nada ocurrió.

Un día de sol benévolo, golpeo las manos en el portón de calle, el Padre Julio. Traía el anuncio de que, el arzobispo de Santa Fe, vendría al pueblo, junto con una comisión del vaticano, a ver a la niña por quien tanto habían rezado, que intereso su caso en la misma sede Papal. ¿Sería esta la señal divina que esperaba Teresa? Por las dudas y por Cosme guardo silencio y dejo que las cosas sucedan.

El padre julio preparo los festejos de bienvenida, desde la banda militar, el coro de los niños cantores y la murga de los angelitos del pueblo, hasta una comunión en masa y extrema unción para quienes lo requieran. Incluso se eligió a la reina de la eucaristía. Una exhibición de autos y carruajes antiguos. Una jornada de doma y carrera de sortijas. La misa se celebraría en el antiguo zoológico de animales autóctonos. Las grandes familias se disputaban el alojamiento de la comisión papal. Nunca hubo un evento tan bien organizado ni la comunidad tan dispuesta. Que una vez finalizados se convirtió en el hito del pueblo. Previendo alguna locura del demonio de Cosme, fue apresado bajo la acusación de ejercicio ilegal de la medicina y lo trasladaron a la cárcel del pueblo contiguo.

Después de los tres días de parranda, la comisión papal, junto al arzobispo de Santa Fe, fueron a ver a la niña. Teresa no se despegó de Marta Sofía durante los 20 minutos que estuvieron con ella, orando y pidiendo a dios por su alma. Luego se marcharon y el pueblo volvió a su rutina cotidiana. A esforzarse contra la pesada atracción de la tierra y a digerir la caricia o espejismo del mundo surrealista de la santa sede. Esa situación dejo más perpleja a Teresa, que buscaba a Cosme de prisión en prisión sin dar con su paradero. Al tercer día de la visita papal, la niña de la muerte lenta, fallece. Teresa siente desarmarse por dentro, desamparada por la luna y el sol, la llama de la insolente muerte le quema los ojos y el corazón.

El padre Julio fue hasta el locutorio, llevaba el nudo furioso de la angustia en el pecho, aquí, detrás del mundo, pasaron de una orgullosa alegría a este luto de saliva espesa. Marco el teléfono del arzobispado, logro comunicarse con él. –Señor, lamento informarle, que ha fallecido la niña. –Que niña? Pregunto el arzobispo. –La que visito hace unos días. –De que me está hablando padre. –La niña que visito usted con la comisión papal. –Aquí no vino ninguna comisión de la santa sede y no visitamos a nadie. El padre Julio quedo sin voz y sin comprensión. Salió consternado y parecía levitar sobre la dura tierra de la calle, de ese duro pueblo. El lugar se le hizo un laberinto de piedras y la iglesia le quedo tan lejos como las estrellas. Anduvo perdido toda la tarde, hasta que el monaguillo lo encontró y lo llevo a su casa.

Teresa contemplaba el arroyo desde el puente del algarrobo, los brazos de los sauces llorones envuelven un hecho herido al costado. El cielo estaba ahí, caído de rodillas en el agua que corre. ¿Cuantas lágrimas contienen los ojos? El repaso de la crónica del día la estremece y el torcido que no aparece, para explicarle las ironías de la tarde. Del extremo de la calle, a paso lento como el verano, llega un hombre de otro país, de otra raza, de otro acento. Es uno que vino con la comisión papal. ¿Qué hace este tipo aquí? Una familia de cuises cruzaba la calle.


Daniel Godoy



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