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LA MUJER DEL PACIENTE 22

Ella… me esperaba siempre con sonrisas de porcelana y ese brillo especial que le desbordaba los ojos. Ella me descubría siempre, unos segundos antes de llegar, asomando la cabeza por el alféizar de la puerta, con la cabeza inclinada y los cabellos rubios libres a merced del viento. Y me veía, y sonreía, porque se había ganado unos segundos de mi persona. Y para ella, eso era mucho.

 

Ella guardaba, en esas tardes, las escasas caricias que yo le daba, como un tesoro. Cada-una, de mis escasas caricias. En el fondo de su corazón, mis besos pastosos y breves. De esos que cortan el deseo por la mitad. En su hondo pecho, mis halagos murmurados en un silencio descascarado, casi soltados a regañadientes y con la vista clavada en una pared. En el órgano vital, abrazos de roca y alguna que otra mano en el hombro, más inerte y agotada que cariñosa. Manos de muerto, traslúcidas de tan blancas, ásperas de tanto trabajo y con las venas marcadas de tantos inviernos.

 

A ella parecía no importarle mi triste actuación y se deshacía en caricias más sabrosas que cualquier sueño. Su cariño era infinito y siempre estaba dispuesta a volcar más, con tal de aplacarme. A veces, su persona relucía tan bella y tan alegre, que ni yo mismo podía reprimir una sonrisa en la comisura de mi boca. Y ella lo notaba y se ponía feliz y yo me daba cuenta que ella estaba feliz y agrandaba un poco más mi sonrisa y ella sonreía también y entonces, nos hacíamos cómplices durante toda una mañana especialmente hermosa. Hasta que yo decidía que todo estaba yendo demasiado lejos y volvía a fruncir el ceño como para dejar en claro que el juego, ya no seguía.

 

Pero ella, resplandecía siempre, a pesar de mis papeles gélidos. A cada huida mía de las 7 de la mañana, de esas con saco y corbata, de esas de 8 horas, de esas amargas, de esas en las que ni un beso le dejaba; devolvía su alma, tierna y caritativa, toda su figura resplandeciente en vestidos de verano, sonriente y cálida.

 

Siempre parecía aceptar mi forma de ser y buscaba alternativas para endulzar la situación. Ni siquiera en las noches más íntimas le regalé caricias de primera. La desnudaba silencioso y ella, en el mismo silencio, se dejaba hacer sin apartar los ojos de mí.  Era, sin dudas, el monumento en carne a la santidad.

 

Por eso veo injusto, doctor, que yo le cuente esto y ella no. ¿Entiende? Ella era demasiado frágil para el infierno que se desparramó en nuestro hogar.

 

Fue todo muy rápido en esa madrugada. Cuando me despertó su voz, en aquella negrura de pez, en la que solo relucían los destellos de sus ojos y me dijo, con voz estrangulada, que había oído un ruido; sentí algo en su tono de voz, no sé muy bien qué, que me dijo que algo en el transcurso de nuestra historia se había desgarrado.

 

La tomé de la cintura y, juntos, fuimos deslizándonos a hurtadillas hasta llegar a la puerta de la habitación. Abrí apenas, lentamente mientras el chirrido de las bisagras mataba el silencio. Y entonces entró. Con enorme velocidad, y bailando por los techos, penetró en la estancia, la muerte misma, doctor, le juro por mi vida que en ese cuarto vi a la muerte, y ella también, por supuesto, porque sentí en su cuerpo, pegado al mío, la corriente eléctrica del escalofrío.

 

La muerte llegó ataviada de gris, espumosa y oliendo a quemado. Poco a poco se infiltró en nuestra cama, en los techos y en todo el ambiente. Se fue apoderando de todo y comenzó a trazar semicírculos asfixiantes a nuestro alrededor. Ella había empezado a toser.

 

Abrí la puerta por completo y le cedí el cuarto a la muerte. La tomé de la mano, y la arrastré, con migo, escaleras abajo, con paso nervioso. Una vez abajo, volvimos a frenar. Pero porque esta vez, vi al Diablo, doctor, se lo juro. Si la muerte refulgía en mi habitación, allí estaba todo el infierno. Lleno de demonios.

 

Bailando, saltando de aquí para allá, chillando horripilantemente, riéndose a descaro de nuestra estupefacción y arrasando, con garras y dientes, todo el living comedor. La casa agonizaba, consumida por estos chiquillos de enorme destreza que aniquilaban con una velocidad única, todo lo que en ese lugar les hiciera frente. Desde muebles y adornos, hasta paredes y pedazos de techo. Sus garras y colmillos, eran demasiado mortales para hacer nada y frente a nuestra parálisis de impotencia, doblegaban sus actos de cinismo sin límites.

 

Al Diablo lo avisté, recién cuando la muerte ya bailaba tranquila por todos los techos de mi hogar. Se presentó, cómodamente sentado sobre la estufa del living. Era una cosa gorda, enorme y roja, que me señalaba con la mano derecha, el lugar en el que estaba apoyado. Su aspecto, era similar al de los demonios más pequeños. Lo único distinto, eran su considerable tamaño y su ánimo, un poco más tranquilo que el de los aprendices. Movía la famosa cola de lagartija de arriba abajo, con total parsimonia y charlaba con la parca que ya hacía espirales incoloros sobre sus retorcidos cuernos de carnero. Y en eso, me guiñó un ojo.

 

Estábamos dormidos, paralizados, viendo cómo, poco a poco, el infierno consumía la casa, y con ella, nuestra vida allí dentro. Los demonios se propagaban, como una cuña voraz por entre nuestras mentes, carbonizando así, nuestros recuerdos allí engendrados; y cada vez hacía más calor.

 

Ya nada nos quedaba, ni pasado, ni futuro y apenas si algo de presente agonizante, cuando el Diablo, volvió a hacerme un guiño, y ahí vi sus garras oscuras arañando demasiado la estufa.

 

Recién ahí, como un caballo espoleado, comencé a correr hacia la salida. Reaccioné y, tomándola a ella de la mano, arremetimos contra todo el infierno, que brillaba incandescente por toda la casa. Cruzamos el comedor, la cocina, el hall de entrada y, cuando ya arañaba la manija de la puerta, me soltó la mano.

 

Se quedó así, parada, en mitad del hall, con el mundo cayéndosele a su alrededor. Me volteé a mirarla y no lo podía creer. Parada, como clavada al suelo, con el camisón blanco y el rostro desfigurado de los nervios, permanecía, inmóvil, allí.

 

Cuando le pregunté que hacía, negó con la cabeza y dio unos pasos hacia atrás; observé que temblaba ligeramente. Cuando, desesperado, le grité, ella se largó a llorar. Yo no lo podía creer, me había movido, con intención de sacarla a la fuerza, pero ante el derrame de esas lágrimas tan inesperadas, algo me frenó.

 

¿No lo entiende? Ella lloraba por todo. Por mí, por la casa y hasta por ella misma. Ante el momento vivido, los nervios, sometidos a extensas presiones durante años, se habían estirado sin límites, hasta romperse y ella, simplemente, no podía aguantar más. Lloraba por su amor de piedra y nieve, lloraba por su vida desperdiciada en esas rocas heladas, lloraba su soledad, lloraba sus silencios, lloraba los años, su fe perdida en el amor, su necesidad de cariño. Lloraba y se destruía en esa casa, su esperanza de una vida mejor. Y yo la veía, como nunca la había visto; real, rota, arrasada y consumida, por el fuego azul de un hombre, que no podía amar, de sus huesos para afuera. Y entonces la verdad me sacudió por completo.

 

Martín apoyó su cabeza en la mano derecha y el suero se balanceó.

 

-Después, el resto ya lo sabe. El gas explotó y la onda expansiva nos arrastró a ambos-

-Usted vivió y ella murió- concluyó el médico

-Ella había muerto mucho antes, doctor- replicó Martín amargamente

 

El doctor se paró.

 

-Creo que está sanando- dijo –Voy a hacer un informe sobre usted y ya termino por hoy-

-¿Qué día es hoy?- preguntó Martín con los ojos entrecerrados

-Viernes-

-¿Va a pasar el fin de semana con su familia?-

El doctor lo miró muy serio –Sí- respondió

 

Martín asintió con la cabeza muy suavemente mientras dos lágrimas le resbalaron por las mejillas.

 

 

 

 

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