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EXTRAÑO

Extraño caminar por las calles de mi ciudad conurbana todas las tardes. Extraño cruzar esa plaza por el medio y rodear la fuente. Extraño cruzar gente y quedarme charlando sobre actualidades personales y globales. Extraño que me conozcan en los negocios y unx conocerlxs a ellxs. Extraño encontrar viejos conocidos en los colectivos de la zona. En fin, sentirme en casa.

 

 


Es que las vueltas del mundo donde vivimos hicieron que tenga que viajar 40 kilómetros rutinariamente de lunes a viernes y regresar destrozado sin ganas de moverme y así entregarme al encierro. Incluso a veces sin ni siquiera poder apreciar ni la luz del sol alrededor de los árboles que afortunadamente todavía me rodean. Toda esta rosca me produce un estado de resistencia a olvidarme quien y de donde soy. Aunque no esté acá en todo el día me resisto a sentirme extranjero en mi propia tierra. Porque si llegué hasta donde llegué no es sólo el propio mérito sino también de quienes me acompañaron y ayudaron.


Por otra parte, sé que existen quienes de cierta manera se entregan al olvido sin resistencia alguna y concluyen alquilando un departamento en plena Buenos Aires. Luego gozan de la comodidad de los kioscos abiertos las veinticuatro horas. No los juzgo pero es una decisión que hoy no estaría dispuesto a tomar.

 

A esta altura del año me gustaría entregarme al aire semi puro de mis barrios del conurbano porque ya me cansé de ese cemento porteño y malhumorado.


¿Será porque amo tanto a mi ciudad y a sus barrios? ¿Será porque sé que tengo puertas de vecinos y amigos abiertas para ir a tomar mate cuando quiera y hablar de qué podríamos hacer para mejorar la situación? ¿Será porque cuando me ven me recuerdan y yo a ellxs? Seguro que sí.

 

 

 

 

 

 

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