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ESCENA BUENOS AIRES

Por Nahuel Godoy

 

A medida que me acerco, se asoma una gran ciudad: Buenos Aires. Era distinta a la conocida, el pastizal pampeano que la caracteriza no estaba en ningún lado, sólo veo una gran barranca, un acantilado rompía la tierra como un rayo que divide el tiempo en dos. El Río de La Plata estaba igual que siempre (mismo color, mismo caudal), solo que esta vez la ciudad lo recibía con los brazos abiertos y entre ambos se fundían en un abrazo eterno de amistad.

 

 

 

Era rara la fotografía, ya que se consagraban dos ciudades, una colonial y otra moderna. La ciudad colonial se extendía sobre la costa del río y todas sus calles terminaban en una gran avenida costera. Cuando pregunté por la ciudad moderna que se dejaba ver al horizonte y a lo lejos, me dijeron que creció por encima de ésta Buenos Aires, pero que aquí la historia sigue viva, ignorando lo que sucede en la otra Buenos Aires. Un escalón gigantesco diferenciaba lo viejo de lo nuevo. Un acantilado en forma de cascada rompía la morfología de Buenos Aires. Abajo y como límite de la ciudad con el río la avenida mencionada circundaba toda la ciudad, un verde esmeralda orillaba todo el río y miles de personas se encontraban disfrutando de la naturaleza.

Por dentro la ciudad colonial tenía todas las calles empedradas, los carros circulaban de un lado y para el otro. Debe ser primavera o verano, ya que no veo barro como consecuencia de un clima húmedo, todo lo contrario, polvo pululando por el aire y todas las imágenes se teñían del ocre solar. Observaba las costumbres de un pueblo donde daba la sensación de estar en el siglo XIX, (o vivía en esa época) miles de escenas detenidas en el tiempo. Aunque cuando miraba para el acantilado la moderna ciudad asomaba, los destellos de luces iluminaban la oscuridad, las publicidades de neón, las antenas, el smok, el bullicio, todo eso era el cambalache del futuro. Que aquí abajo no existe.

La ciudad colonial era custodiada en las esquinas por guardianes apostados en garitas con caballos atados a unos postes diseñados para dicho fin. Mercaditos sobre las calles ofrecían diferentes productos, mucho cuero trabajado, muchas frutas que desconocía su forma y gusto. Las dimensiones de la ciudad eran grandes, se extendía una calle de 10 km de largo con sentido norte – sur, donde pasaba todo lo que sucedía en la antigua Bs. As. Pequeñas calles rompían la traza y en cada esquina había parejas de negros vendiendo velas.

La situación no parecía estremecerse por coyunturas políticas, ni mucho menos económicas o sociales, estos términos no existían para la sociedad del momento. Se era libre, gaucho, terrateniente o comerciante. Se diferenciaban por su forma de vestir, la aristocracia se paseaba en majestuoso carros, vestidos de frack y con la cabeza inclinada a 52º del cuello, que tendía esa a ser la posición justa para que el sol coloree de lleno sus rostros con su luz y energía. La cara colorada como un chancho, paseando y derrochando monedas de oro en los mercados. La gente es muy católica, cada 300 metros se encuentra alguna iglesia o capilla; en los rodeos a las manzanas, sobre los postes de luz imágenes de vírgenes, coloreadas a mano, como pintadas por niños escolares, muestran a las vírgenes haciendo alguna actividad doméstica, tratando de hacer terrenal el cielo.  Cuando bajé hasta la barranca la pude apreciar bien, y no era Buenos Aires, aunque la gente de aquí me diga eso.

Subí por unas escaleras eternas y di en un pasillo angosto. La altura de los edificios no dejaba entrar la luz solar, el agua de las cloacas y los desagües circulaban por la superficie pegada al cordón de la calle y perfumaban con un pestilente aroma el ambiente. En la esquina un semáforo intermitente trataba de ordenar el tránsito, descontrolado por millones de autos, motos y peatones. Las calles no siguen un orden: curva, contra curva,  cortadas, se hacían más anchas o más angostas sin ninguna razón. tampoco parecía Buenos Aires, aunque los letreros me digan eso.

La topografía ondulada, los laberintos interminables y los sin sentidos que circulan por las avenidas me recordaban a ciudades cordilleranas. A medida que llegaba al centro la forma iba cambiando, la ciudad era cada vez más sucia, la basura se apilada en las esquinas, los miles de perros callejeros pelean con recolectores urbanos para llevarse algo, sacar provecho de lo que para algunos ya no sirve. Los sin techo duermen en la calle y los sin calles se cuelgan de los carteles patas para arriba con sus colchones y frazadas, algunos hasta hacen el amor sin que no les importen ser vistos o sancionados. En la moderna Buenos Aires podemos distinguir diferencias de clases, pero esta vez sin dejar ver sus rostros, encontramos pobres, ricos y algunos hombres buenos. Los pobres en las calles cirujeando o encerrados en sus departamentos, no se dejan ver la cara, no quieren ser descubiertos, vaya a saber uno por qué. Los ricos en automóviles blindados y polarizados para ocultar el rostro. Y los hombres buenos parecen ser los menos que se dejan ver en algún cartel, algún letrero o pantalla.

La ciudad es interminable, pienso que es el centro, pero tal vez puede ser el centro de la periferia, o la periferia misma. No logro distinguir desde donde estoy parado cuando empieza, cuando termina. La ciudad espantosa, interminable se apodera de la naturaleza que yace bajo sus cimientos. Con alma, espíritu y vida propia, con el poder semejante para hacerse y adoctrinar los cuerpos humanos para que hagan de la ciudad su única forma de vida.

Volví a bajar, ahora estoy en la circunvalación que rodea la ciudad colonial y que se escapa en punto de fuga pegada al río. Puedo ver las dos urbes, una encima de la otra, separadas por un quiebre en la capa terrestre, inconexas entre sí, o por lo menos eso se observa físicamente. Los habitantes de arriba no quieren a los de abajo, dicen creer ser libres, pero la verdad es mentira, están atrapados en una ciudad detenida en el tiempo y son rehenes del trole, los carros, las velas y la avaricia del señor burgués. Mientras que los de abajo, ni siquiera tienen la fe como para creer que en la ciudad de arriba esté habitada. Creen que fue escenario de alguna batalla, algún armagedon y que sus calles son focos de pestes.

Ni una ni la otra. Observo y no creo, qué pasó con Buenos Aires, de aquella ciudad plana, llana y de los aires limpios. Nada de eso se refleja de donde la miro; se superpone una encima de la otra, fraccionada por un acantilado, barrera física, temporal, moral y hasta espiritual.

 

 

 

 

 

 

 

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