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EL SENDERO DE LA TORTILLA

Desde la ventana de la combi he notado el aumento de vendedores de productos alimenticios, de esos que son la base del desayuno obrero (pan casero, tortillas, galletas, bolitas de fraile, rosquitas y chipá). Todo con mucha grasa y fritura para compensar las calorías perdidas por omitir la cena. 

 


 

 


Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de Economía Popular? La noción no nos es muy ajena ¿Por qué? Porque estamos inmersos en ella. El pibe que te da las estampitas en el tren, los músicos del subte, hasta el que gritaba ¡alfajor y monedas! hace un par de años. La Economía Popular son todas esas prácticas que realizan las personas para poder estirarla un día más. Son todos esos trabajos que crean las personas para alimentar a su familia día a día.


Las personas a las cuales haremos mención existen, sólo que con nombres ficticios para no comprometer a los que supuestamente están haciendo dieta. Seguramente más de uno de los que lea esta nota sabrán de quiénes estoy hablando. 
 

Arranquemos por Juan ¿qué tiene en particular Juan? Nada. El tiene su puesto muy bien ubicado, lo cual es fundamental a la hora de vender. No voy a darles las coordenadas específicas, sólo les voy a decir que si la Av. Sesquicentenario fuese un río y Juan un hombre en una canoa, él se hubiese quedado en-callao. El lugar se lo guarda el canillita de la esquina, ya lo tiene apalabrado. Juan está tomando un tono caoba, no es que esté utilizando autobronceante, sino que todo tiene su pro y su contra. Por las tardes el puesto queda a la merced del sol, sin nada que le haga sombra más que su gorra. Por suerte él no está solo, pasado el mediodía llega su compañera. Ella le hace la segunda, le seba unos mates y lo ayuda con las cosas del puesto. Ella va estirando la masa mientras él reaviva las brasas de la mañana. Él la mira embobado cuando el sol de la tarde se posa en el falso colorado de sus rizos.


La verdad mucho de la historia de Juan no la conozco. Aquellos que hablaron con él cuentan que trabajaba en una fábrica. En una mala maniobra se cayó y se jodió la rodilla. Es todo un tema la rodilla, ese es un dolor que te va a acompañar a lo largo de tu vida. Se lo ve renguear cuando empuja su puesto. Esta anécdota tiene un final más que esperable: “Querido Juan, tus servicios ya no son requeridos”


Imaginarse cómo es un día de ellos no es tan complejo ¿Por qué? Porque su realidad es la realidad de muchos. Su día comienza la noche anterior, preparan la masa para las tortillas, las separan en bollos y las estiran. Él se levanta temprano, muy temprano, tiene que estar antes que todos. Cuando la gente llegue a la parada ya tiene que tener el fuego listo. Ella se queda en casa, ordena, hace las compras y prepara otra tanda para el turno de la tarde. Deben tener hijos, por eso ella siempre llega después del mediodía, va después de dejarlos en el colegio.


Son las 05:58 y la parada obligatoria se encuentra frente a “El Trauma” (Hospital Municipal de Trauma y Emergencias Dr. Federico Abete de Malvinas Argentinas). Apoyada en una persiana cerrada de un local de comidas tiene su puesto Mabel. Según un estudio de campo realizado por El Paraguayo, Cabeza, Campito y Chaco, Mabel hace las mejores tortillas de la ruta 197 (Av. Sesquicentenario). Los argumentos que presentan son convincentes. Es finita y crocante, medio hojaldrada, con poca grasa y el punto justo de sal. Ella no nos quiere decir la receta y hace bien en no hacerlo. Algunas cosas es mejor dejarlas a la imaginación, más si se trata de comida comprada (no voy a rebelar mi fuente pero si ustedes supiesen el proceso de producción de una galletita rellena, jamás volverían a comer una). 


Pasemos a hablar un poco de Mabel. Ella es una mujer de aproximadamente unos 37 años de nacionalidad peruana, siempre lleva una gorra azul y un delantal que solía ser blanco pero de tanto laburar con el carbón se manchó. Tiene una dentadura muy bonita y la muestra con gracia, eso es lo lindo de ella, te atiende con una sonrisa. Sentado en un banquito, durmiendo con los brazos cruzados y con el cierre del buzo tapándole el cuello se encuentra el hermano de Mabel. Siempre está durmiendo, no creo que sea por una cuestión de vagancia. Él está cansado, trabaja de noche o todo el día bajo el sol. Todavía no lo sé, quiero preguntarle pero no me da para despertarlo. 


Hace poco Mabel y su hermano se fueron de visita a Perú. Las migraciones son complicadas, se debe sentir raro que uno vaya de visita al lugar que lo vio a uno crecer. Muchas cosas deben pasar por la cabeza de alguien que abandona su país en busca de un objetivo (una vez un profesor me dijo que una vida sin objetivos/metas no es vida, el existir por existir es subsistir). Seguramente ellos no vinieron con la idea de establecer un microemprendimiento culinario. Como a todos, el GPS se nos descalibra y la vida te va llevando a rumbos inesperados. No se cómo habrá sido su vida en Perú, no sé lo que la hizo llorar, que la hizo feliz, no sé si amó o si ama. Pero esa sonrisa me dice que está contenta de estar acá.
 

Cuando el sistema te expulsa, cuando te dice que ya no servís es muy difícil demostrar lo contrario. No por no tener la capacidad de hacerlo, sino por la falta de oportunidades. Es muy fácil hablar con números. Hay 5,7 millones de trabajadores en negro. La taza de desempleo subió 9,2 % en el primer trimestre del año. A veces se olvida que esos números son personas, son familias que la están pasando mal. Esos números son Mabel, Juan, y tantas personas más que no se quedan en su casa. El ser humano es un ser productor, un ser creador y transformador de la realidad. Cuando el sistema te da la espalda las personas se la ingenian y crean su propio trabajo. Todos estos remadores de la vida son los que hacen la Economía Popular.

 

 

 

 

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