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EL PELIGRO DE DOBLEGAR AL MONSTRUO

La reforma laboral aprobada por el congreso brasilero genera efectos sobre las expectativas de las empresas (sobretodo las grandes) en nuestro país. Esto permite que éstas ejerzan presiones al gobierno para conseguir condiciones laborales similares, bajo la amenaza de irse al país vecino.

 

 

Desde que el Congreso de Brasil aprobó “la reforma laboral”, se profundizó el temor al sur oeste del país carioca de que suceda algo similar. Ese fantasma no existe por efecto contagio sino que, por el contrario, por las presiones sobre la economía argentina que puedan ejercer aquellas empresas (grandes) con presencia en ambos lugares.


Tanto Brasil como Argentina son dos de las economías más grandes de Latinoamérica. Eso tiene implicancias que no son menores. La situación económica se afectan mutuamente; si bien nos afectan más ellos a nosotros, hay un efecto a la inversa. Por lo tanto, lo que hagan puertas adentro también nos importa porque puede llegar a marcar nuestra agenda.


El elemento que guía la voluntad de las empresas no es más que su afán por maximizar sus ganancias. En ese camino, harán lo que esté a su alcance para lograrlo. La flexibilización laboral del país vecino, la precarización y aumento del nivel de explotación de los trabajadores y las trabajadoras bajo la forma de “acuerdo entre todas las partes intervinientes en virtud del desarrollo” no es más que un avance del capital por sobre la soberanía de la propia sociedad. Ese avance es el que hace que las condiciones para la realización de la rentabilidad de las empresas son las que ponen en cuestión el nivel de actividad e inversiones capaces de desarrollar en ambos países.


Si en Brasil el costo laboral es inferior al argentino, y a su vez, existen condiciones económicas favorables para la concreción de ganancias, las empresas que estén ya radicadas en ese país optarán por invertir ahí. Para la Argentina, en el corto plazo, no tiene grandes efectos, más allá de congelar las inversiones previstas. Sin embargo, los efectos positivos que hubiesen generado aquí, aumento del empleo, de la producción, etc. no ocurrirán. Esto es lo que sube la presión a la olla.


El miedo de que las empresas deriven sus inversiones (o que desinviertan en Argentina para invertir en Brasil) al país con mejores condiciones que garanticen sus ganancias es el que puede hacer que los gobernantes y legisladores cometan errores; nuevamente, a favor del capital y en contra de la sociedad. Aquí, toma importancia un dilema que no debería existir ¿A quién consentir versus a quién proteger? Empresas versus familias. Capital versus vida. Y se puede seguir enumerado… Lo único que importa es que está en manos del Estado. Es el Estado quien decide a quién y cómo prioriza; a quién doblega ¿A quién doblegará?


En pos de mantener el nivel de empleo y de inversión, la salida tiene varias puertas y (las previsibles) no son buenas para las familias. No todos los caminos llevan a Roma. Al parecer, algunos llevarán a que se “modifiquen los convenios colectivos”, hormiga por hormiga, porque si pisan el hormiguero salen todas a la vez.


Otro de estos caminos llevará a una devaluación; fenómeno cortoplacista que lo único que hará es dar mayor competitividad y disminuir el nivel de salarios en dólares. Esto puede, además de generar mayor inflación por su componente especulativo e idiosincrático, ser nocivo para el resto de la actividad económica, sobretodo, la industrial que depende de las importaciones.


Por último, pero no menor ni menos importante, está la reforma impositiva. Esto claramente pone en jaque a los recursos genuinos del Estado. Y, con ello, den la bienvenida al endeudamiento para cubrir el déficit. Todo, absolutamente todo, es parte de lo mismo. Se trata de que las empresas tengan ganancias para que se queden y den empleo. Así es la forma en que la sociedad organiza su producción, distribución, redistribución, consumo y reproducción.

 

 

 

 

*Rodrigo Javier Agostino: Economista político (Universidad Nacional de General Sarmiento).

 

 

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