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EL INTRUSO

 

Puedo y pude llegar a percibir un hilo de luz, no sé dónde, pero está. Por eso estoy vivo. Voy en dirección a ese lugar, me choco con unas cosas tiradas en el piso y palpando la pared con mi mano izquierda di exactamente con la tecla. Benditos sean los plásticos fluorescentes o los que guarden luz en sus cuerpos, cosas de la física moderna que me sorprenden. Una vez con la luz prendida, puedo observar lo que hay en la habitación, no es nada nuevo, están las mismas cosas de siempre. Choqué por mi torpeza una silla que antes no estaba, pero nada raro, la tv, la radio, los espejos y los muebles están en su lugar, el mismo de siempre. Un poco de polvo, por los años que nadie entra a esta habitación, es normal que se haya acumulado. Recuerdo los días que pasaba en esta casa, con sus aromas a flores por el jardincito bien cuidado, jugando y correteando por todos los rincones. La dábamos vuelta siempre y cada vez que estábamos solos largas noches de fuegos interminables perduraban por la eternidad (aparentemente). Las amistades, el vino, cigarros y de vez en cuando un rico banquete acompañaban ese momento. Definitivamente, ahora, no es un buen lugar para recordar esos tiempos. Estoy en pleno invierno, con mucho frio, súper abrigado, pero no aminora.

 

 

La casa de adelante es distinta, la han derrumbado y construyeron una nueva, pero es como un estiramiento de la casa del fondo, o por lo menos el mismo formato, ladrillo a la vista, ventanas con alerones de teja, pared blanca, rejas verdes y jardincito bien arreglado en unos pocos metros cuadrados. Fue que me invitaron a entrar, la gente era la misma aunque la casa estaba algo alborotada, contrarrestaba con la imagen de entrada. El jardín por dentro era una selva, muchas repisas de cañas, algunos cuadros coloridos en las paredes blancas, el Cristo, la cruz y los libros. Separaban de las dos habitaciones un pasillo, que también lleva al baño, el living extenso y la cocina según normas ergonómicas de la época. La amabilidad fue la de siempre, la familia muy atenta, muy dulce. Ella no, distante, discreta, como si no me viera o yo no estuviera, mientras el resto se sorprendía por mi inesperada visita, yo buscaba torpemente su mirada, un guiño, una sonrisa, algo que calmara ese momento de tensión. Me invitaron con mate, la yerba o la amargura de la infusión me dio acidez y mi cara empezó a mostrar los síntomas del estomago. Las viejas no paraban de hablar, me contaron en muy poco tiempo las novedades, los muertos, los enfermos y los que andan como siempre. Recordé algún viejo enredo familiar y por dentro me sentía en casa, al tanto de las noticias cotidianas, a la mesa de cuatro, al pancito, al bizcocho.

 

De alguna manera tenía que justificar mi presencia. Inventé una historia muy verídica y hasta le puse una pizca de incertidumbre a mi despedida: por el mal tiempo, al paso del tiempo y al horror de regresar a esta hora a casa o a algún otro lugar, al lugar más recóndito que fuese. Me invitaron a quedarme a dormir, pusieron las excusas que yo mismo les di y acepté muy plácidamente. Van a cocinar milanesas con puré, que las tenían reservadas para el viernes, pero como estaba yo las sacaron del freezer. Ella se acercó un momento a la cocina, se sentó con nosotros, me miró por primera vez, siempre supo disimular sus emociones, no le interesaba saber tanto de mi vida como a las viejas. De repente se abre la puerta de adelante y entra un desconocido, saluda a las viejas como para quedar bien, pero hace notar su disgusto por sorprenderlas sentadas en la mesa de la cocina meta mate y charla con un desconocido o no tanto.

 

Le da un beso, chupón con ruido y la toma de la cintura, se sienta en la silla y hace que ella lo haga sobre su falda (las sillas eran cuatro). De ahí en más la misma alegría que había en la cocina desapareció. Era más que obvio que él era el marido de ella y que vivían todos bajo el mismo techo, que alquilaron la casa de adelante y le hicieron unas refacciones, que la guita no alcanza, que todo está cada vez más caro, que no se puede caminar tranquila por la inseguridad, que son todos chorros, el mismo discurso de clase media superada. Comenzaron a salir las sacadas de mano más fuerte y con ello el lado malicioso que siempre odie de las viejas. Me contaron historias perversas, de cuando el hombre se saca contra el hombre, cuando el humano actúa sin escrúpulos viviendo vilmente por y para joderle la vida a dos pobres viejitas. Qué pena que haga eso, pensaba, tan bueno que parecía. Por dentro pensaba que seguramente habrán dicho lo mismo de mí cuando no regresé más a la casa. El muchacho argumentó que viene cansado de trabajar, se levantó y se fue a una de las habitaciones, pero en realidad está podrido de escuchar siempre las mismas historias. Ella dejó que se levante y le dio otro beso. Yo estaba ahí. Después de eso no existí, no pude cometer la intención por la que fui, perdí como los mejores, enterrado en un pozo de 250 metros tapado por mierda. La peor situación, mi cara se transformó en una sonrisa falsa como la del muchacho que se levantó. Las historias oscuras, la indiferencia, el te esquivo la mirada, todo me impacientaba. El querer irme de la casa comenzó a jugar un papel importante, el solo hecho de pensar en quedarme a dormir me rompía el estomago. Comencé a bostezar, y dije que me cayeron mal los mates, por lo que me clavaron la mirada y sin decir nada, hicieron notar su intensión de querer que yo me vaya. Pero ahora me quedo y le voy a dar batalla a las viejas de mierda, como era antes.

 

Ella se va al living, se pone a mirar tv, dejándolas solas a las viejas con su veneno. Me excuso y me voy a hablar con ella, notaron mi situación y en el fondo son buenas y dejaron que me acerque, pero lo importante es que no vinieron a interrumpir. Me dice:

 

- ¿Para qué venís? ¿Qué querés? Todavía seguís jodiendo, la verdad que siempre saltas con cualquiera y venir ahora, así de repente a mi casa me pone nerviosa. No avisaste, no llamaste, no nada, sabes cómo podes hacer para contactarme y no lo hiciste, ¿te pensás que soy boluda? ¿Qué voy a creer esa historia chota que contaste? Mira, lo nuestro ya fue, asumilo, ahora quédate, no te vas a ir con este tiempo y a esta hora.

- Está bien, me quedo - Le dije

- ¿Qué te pasá? Decí algo che, estamos solos, querías eso ¿Para qué carajo viniste?

- Estaba pensando en querer encontrarte, querer verte, saber cómo estabas y esas cosas… no sabía que me iba a encontrar con todo esto. Te pido disculpas, era eso. Si te molesta me voy.-

- No. Ya te dije que te quedes, no pasa nada y sabes que, yo también pienso en vos y me dan ganas de verte, pero me las aguanto porque es parte del pasado, porque lo nuestro ya fue, yo estoy juntada, ¿no te das cuenta? Así que te pido que me dejes en paz. Yo en un rato me voy a dormir, mañana nos tenemos que levantar temprano, te pido que a la mañana cuando me escuches si es que te despertás no salgas, y que te quedes acostado hasta que nos vayamos, no te quiero ver más ni saber más nada de vos.

-Está bien.

 

Me levanté y me fui con las viejas, creo que se me llenaron los ojos de lágrimas, fui al baño y lloré, muy poco, muy pocas lágrimas, pero lloré. Ella seguía sentada en el sillón viendo tele, indiferente a todo. Las viejas me dijeron que al final se llenaron con el mate y que no van a cenar, que también ya se iban a acostar, me ofrecieron hacerme una milanesa, me dijeron que me decida porque si no las congelaban de vuelta. No quise, les dije que el mate también me llenó y me quito el hambre. Me prometieron igualmente un exquisito desayuno y les respondí con una gran sonrisa de satisfacción. El ruido de la tv se silenció, ella vino, nos saludó, deseó las buenas noches y me dio un beso. Ella también estuvo llorando, poco, pero lloró.

 

Por eso me levanto ahora en esta habitación oscura, llena de recuerdos, con sed y mucha hambre, en la mochila tengo unas galletitas y una botella de agua. Espero no hacer mucho ruido para no despertar a nadie.

 

 

Nahuel Godoy

 

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