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DIARIO DE UN PRESIDENTE

 

  Esto es un simple relato de alguien al quien le llego una carta especial, una carta que le otorga poderes extraordinarios, algo así como un falso Harry Potter más petiso y con frío. En fin, un presidente de mesa.

 

 

  Bah... en realidad la carta decía presidente suplente ¿de quién? curiosamente de mi hermano menor al que denominaremos El Moski. Esto me hizo pensar en el criterio de selección de las autoridades de mesa. No sé bien como son los cálculos de probabilidad, pero ser seleccionado de un padrón de 350 personas indica claramente que soy un desafortunado en el amor.

 

  Como me gusta ser algo dramático voy llamar el día de la votación como “mañana D”, sin ánimos de ofender a nadie. La incursión a un territorio desconocido es movilizante, más aún si a esto le agregas una carga de prejuicios generados por las opiniones de los demás, prejuicios que esta experiencia no pudo eliminar. A lo lejos logro divisarlo. El traje barato, la camisa con los primeros 3 botones sin abrochar, las cejas tupidas y un jandi en la mano, claramente ese gordo era “El Chanta” del barrio. Yo no estoy muy de acuerdo con el tema de los estereotipos, pero a veces las personas cuadran a la perfección. Me sentía como en un episodio de El Puntero. Bajó con un montón de carpetas amarillas (amarillas de lo viejas que estaban) que la empezó a repartir en el conglomerado de fiscales que se apelmazaba en la puerta.

 

  La puerta, todo un tema la puerta. Eran las 07:38 y tendría que haber estado abierta hace 38 minutos. Del otro lado del muro nos grita el gendarme que la delegada del colegio se quedó dormida y hasta que ella no llegue no se va a abrir. Al rato aparece la señora, muchos la bardearon por lo bajo, yo la envidiaba. Era un domingo hermoso estar debajo de 8 frazadas.

 

  Apenas abrieron las puertas todos los fiscales se abalanzaron a las mesas como si fuera una oferta de peluches en CROTO (no les pienso hacer publicidad). Por alguna razón que todavía no comprendo, todos querían estar al lado del presidente de mesa. En la vorágine del acomodo el señor del correo grita varias veces “presidentes de mesa presentarse con la carta”, a lo cual el Moski y yo acudimos. Viendo que a algunas mesas le faltaba presidente y que la 88 tenía titular y suplente, deciden ponerme a mí como el mandamás de la 90. Evidentemente sabe lo que es bueno.

 

  Viste cuando vas por la calle y ves a un perro, él está ahí quieto sin hacer nada. Vos sabes que en cualquier momento te va a ladrar pero se hace el boludo. Espera a que pases y te agarra por la espalda el guacho. Lo mismo sentí cuando se presentó la presidenta titular de la 90 ¿Qué había pasado? El tema fue que la mina era medio puntera de un partido político (no voy a decir cuál) y se puso a organizar la mesa. Cuando se presentó yo ya había firmado los permisos correspondientes para ser el titular de la misma. La idea de que haya 2 presidentes es algo que no cuadra en ningún procedimiento lógico. Con la solidaridad que me caracteriza estaba por darme de baja para evitar conflicto. Viendo la actitud prepotente con la que se desenvolvía esa extraña dama con los empleados del correo decidí plantarme en mi puesto presidencial. Discutiendo de manera intensa (no voy a citar los dichos de la señora porque sería de muy mal gusto) y viendo que sus reclamos no eran respondidos se fue dando un portazo innecesario. Las discusiones no siempre están buenas, pero la sensación de satisfacción luego de haber ganado una es una sensación totalmente gratificante.

 

  Luego la mañana se tornó tranquila, me llovían las ofertas de mate cocido, café, facturas y demás comestibles. A los cual, ni lento ni perezoso, accedí rompiendo la dieta. Cerca del mediodía se presenta un hombre rengo queriendo votar. El tema es que no había llevado ningún tipo de documento que acredite su identidad, por ende, me puse la gorra y no lo deje votar. Alegando que todos somos unos forros (algo de razón tiene) por no dejar votar a un discapacitado se fue dando la advertencia de que nos iba a matar a todos.

 

  A medida que cae la tarde desciende la temperatura, sin dudas el momento para lamentarme por no haber llevado la bufanda que llevo a todos lados. Se cierran las mesas. 284 de las 350 personas del padrón fueron las que se apersonaron en la mesa 90, lo cual superó ampliamente mis expectativas. Las aguas se turbaron un poco a la hora del conteo de voto. Una lluvia de fiscales vino a “darme recomendaciones” de cómo realizar el conteo. “Mirá, la cosa es así” me dijo uno de los flacos, pero muy amablemente le paré el carro de una (aquellos que me conocen saben que últimamente estoy con poca paciencia). Por suerte mi vicepresidente era piola y no nos dejamos influenciar por los dichos de los demás. Viendo que nos manteníamos en nuestra postura no les quedó otra que amoldarse a nuestra metodología. No voy a hacer mención de la distribución de los votos, que los felinos que se encontraban en la sala estaban con caras largas hasta el piso. Sin dudas la derrota nos pegó a todos por igual, algunos la pueden caretear un poco más y otros un poco menos. La gente se pregunta ¿por qué gano Fulanita? en vez de preguntarse ¿qué hice? ¿que no hice? ¿qué me falta? A la hora de buscar culpables todos son sospechosos menos uno mismo. Una de las maneras de originar autocrítica es acostado en un diván entre 4 paredes, con un flaco que hace como que te escucha. En conclusión, a estos chicos les faltan horas y horas de terapia.   

 

  Quizás si me hubiera puesto las pilas podría haber hecho observaciones más interesantes que estas. Lo bueno es que tengo otra oportunidad para seguir equivocándome.

 

 

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