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DEL MACHISMO ATEMPORAL Y SIN FRONTERAS

Chicas muertas (2014) narra tres femicidios cometidos a mediados la década del ’80, cuando aún la palabra femicidio no existía y se hablaba de “crimen pasional”. Los 3 permanecen impunes. María Luisa tenía 15 años, trabajaba como mucama. Un día salió para su lugar de trabajo y no volvió. Andrea, de 19, estudiaba psicología. Fue apuñalada mientras dormía en su casa. Sarita, de 20, madre de un nene de 4, se prostituía para mantener a su familia, que se completaba con su madre y hermana menor. Una noche se fue con un cliente que también era su pareja y no se supo más nada de ella.

 

 

Selva Almada (Villa Elisa, 1973) comenzó a escribir este libro desde la vez en que una mañana de verano escuchó la noticia del asesinato de una chica en la radio portátil del padre en su Entre Ríos natal. Hoy seguimos enterándonos, por distintos medios, de casos similares donde se siguen mostrando imágenes de una nueva desaparecida, de una nueva búsqueda y de otro penoso desenlace.

 

Tres chicas muertas, víctimas del machismo que hace de la mujer un objeto que puede poseerse, usarse y descartarse. Machismo del que se habla en voz baja en comadreos, cuando en el pueblo se sabe que una mujer es golpeada por su marido. Machismo que vuelve a las mujeres dependientes del trabajo del hombre, porque ellas tienen que quedarse en casa para hacer de esposas y madres. Machismo que no discrimina entre fronteras y estratos sociales.

 

 

El trazo narrativo que hace la autora de las historias de vida de las víctimas es intermitente. Por un lado, recurre a fuentes diversas: entrevistas con las familias, notas periodísticas e investigaciones judiciales. Por el otro, utiliza una estructura discontinua que rompe con la linealidad temporal y narrativa en piezas de un rompecabezas.

 

El estilo de Selva Almada no por ser directo y sobrio carece de una cadencia rítmica y musical. Y no escatima el uso del lenguaje coloquial cuando ello supone un máximo de expresividad poética. En ese sentido, el título es toda una declaración de principios: es la promesa de que el libro va a estar libre de eufemismos y florituras. Contenido y forma se funden para dar vida a un cuadro cruel y, por eso mismo, lleno de vida.

 

La autora también recrea escenas de su propia vida en las que vivió actitudes machistas, escenas de su vida cotidiana en su pueblo y otras que vivió cuando junto con una amiga recorrían a dedo -por falta de dinero- la distancia entre la pensión en la que vivían y sus hogares. Y a esto se suman las historias de muchas otras chicas víctimas como las protagonistas del libro que se entreveran.

 

Esta es la primera crónica de Selva Almada, que incursionó en poesía, cuento y novela. A través de su obra ha sabido hacerse un lugar desde la periferia, como suelen tener que hacerlo quienes son del interior, en un país que en materia literaria sigue siendo profundamente unitario. A pesar de ello, hay una rica tradición de escritores “de provincia” que han llegado a trascender las fronteras de sus regiones, en una corroboración más de la veracidad de la máxima tolstoiana: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”.

 

 

 

 

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