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¿CÓMO ENTENDER LA COYUNTURA ELECTORAL Y EL AVANCE DE LA EXTREMA DERECHA?

La gran cuestión en la coyuntura de la disputa electoral es la de la corrosión de la política, la de la crisis de representación con desgaste de los políticos profesionales, con el carácter neto de los procesos sociales del presente y sus movimientos, erráticos e intensos a lo largo de la situación abierta por el golpismo de nuevo tipo.

 

La coyuntura de desgaste de los sistemas de protección y de ataque a los derechos en el ciclo neoliberal y de la globalización, que hoy se manifiesta a través del espectáculo de los juegos de guerra, del endeudamiento, del miedo y de la economía del goce punitivo. El cuadro coyuntural y el análisis de la correlación de fuerzas están marcados por la formación de un bloque de extrema derecha que ocupa con viejos temas el espacio abierto por la destrucción del pacto constituyente de 1988, fuerzas apoyadas en el fascismo social (machista, autoritario y racista).

 

La marca de este desplazamiento abierto por las fuerzas elitistas del golpismo judicial, empresarial, mediático y buscado apoyarse en fuerzas pro-militarización y pro-privatización, pero principalmente en la cultura del miedo y en los hábitos de truculencia y abuso de la fuerza que marcan nuestra historia en el ámbito público y privado. La marca de la presencia de este bloque político puede ser mejor analizada si tomamos como referencia el imaginario, la ideología y los discursos que buscan un tipo de orden conservador, sumado a una búsqueda desesperada por la garantía de pequeños privilegios. Lo que puede ser mejor observado en el plano psicosocial, de la psicoesfera de que hablaba Milton Santos, donde prospera una voluntad de poder alimentada por el resentimiento, pero sostenida por el uso intensivo del medio informacional-comunicacional. En este marco, el inicio de la disputa electoral, además de las prácticas de criminalización y de la contención de la izquierda, en general, y del PT en particular, vino marcado por la intervención militar en la seguridad y por la extensión de los procesos como la judicería y el del punitivismo. En este momento este proceso se desplaza desde los aparatos represivos a los subsistemas de control y vigilancia en la órbita de la justicia electoral y de las agencias policiales y de seguridad nacional. El uso de tropas federales y el uso de la ley de la ficha limpia son parte de este movimiento que debe relacionarse con los embates previsibles derivados de la retórica de guerra traída por la extrema derecha.

 

En la actualidad se intensifica como impulso de instrumentalización del mundo de la vida cotidiana una especie de necropolítica (Achille Mbembe), que va ampliando las acciones y el deseo de aniquilar tan vivamente diseñado por la teatralidad de usar los dedos para representar el uso de armas. Más aún, de la licencia para matar, derivada de la idea de producción del enemigo, fabricación del criminal y de la invención del chivo expiatorio que sostiene operaciones faraónicas a la sobra de las cuales aparecen innumerables cuerpos con marcas de ejecución. En los discursos de la nueva derecha vemos la movilización de estereotipos racistas y sexistas, así como una retórica basada en perfiles neolombrosianos.

 

El darwinismo social de las élites viene actualizando el significante "comunista", que del vacío de sentido post-Guerra Fría y, en tiempos de capitalismo chino, reaparece en el deslizamiento caricatural de un sentido común sombrío. El montaje de estereotipos agresivos se da a través de encadenamientos de enunciados sobre equivalentes entre criminales, terroristas y seres desviados. El discurso sobre estos seres "extraños" convierte a grupos y personas en seres destituidos de humanidad, animados por la racialización, por la lógica de la descalificación, del prejuicio o de su "naturaleza" maculada. Vemos el desfile de máximas sobre negros perezosos, sobre, desviadores sexuales, sobre mujeres violables y sobre fuerzas políticas eliminables. Al lado de esta forma actual de encuadrar parte de la población observamos que va renacer la imagen cosechada de los grupos segregados. En la retórica que destituye y descalifica la Constitución vemos el retorno de lo reprimido, los uniformes dejan de servir a los hombres y mujeres, son éstos quienes deben servir a los sujetos engalanados, togados, uniformados la voz de los gobernantes debe ser acatada, obedecida. Todo se vuelve incuestionable al sabor de la decisión de los poderosos que restaura su poder y ganan el derecho de ejercer, usar y abusar de la fuerza sobre la vida y la muerte de súbditos de subordinados.

 

 

Para la extrema derecha el cuerpo de los pobres es objeto, mercancía sobre la cual puede ser dirigido el odio y la violencia, acción que llega al extremo destructivo por fuerza de la pulsión de crueldad que, como estrategia, se va imponiendo en el diseño del nuevo patrón de la economía fabricada por los que pretenden salvarnos a través de las llamas del infierno en la tierra, en el presente. En las formas de paranoia intensificada los personajes incorporan y son tomados por la carga imaginaria de la propaganda fascista, con su horizonte genocida, que surge en el caldo de cultura del deseo de matar que gana fuerza abierta una vez que se puede externar sin ninguna culpa o remordimiento en el elogio al torturador.

 

La extrema derecha hace amenazas y metrallas ejecutadas donde vemos la sustentación de actitudes y de los discursos que apuntan a legitimar las fuerzas que atacan religiones y minorías, fuerzas disponibles para lanzarse en el furor y en la histeria volcada hacia linchamientos. Los justicieros y salvadores de la patria son personajes que se apoyan en la psicología de grupo nacida para compensar las frustraciones, de los que buscan responsabilizar a vecinos y adversarios por su miseria material y psíquica.
 

De esta forma, vemos una explosión de agresividad que va mucho más allá de las sonrisas cínicas, puesto que sus agentes ya no pretenden justificarse y salir de la culpa de clase. El raciocinio del nuevo extremismo se sustenta en la defensa abierta de la dictadura y del retorno a los sistemas de castas y al espíritu de lógicas coloniales y esclavistas. Los profetas apocalípticos bendice la salvación por la vía del mercado y de la guerra. Las fuerzas de la reacción movilizan a las huestes dispersas de los recalcados con las promesas de la riqueza y de la curación de las enfermedades. Hemos presenciado el manejo de la psicología de grupo con enunciados que penetran profundamente en los espacios donde los arquetipos del autoritarismo y del machismo intentan rescatar el derecho de torturar y matar. Animado por el descubrimiento de su número, la nueva derecha se mira en el espejo de su despertar, intenta organizarse y desencadenando la temporada de justicios, preparándose para abatir a aquellos que considera como los cómplices del debilitamiento de la jerarquía, que niegan el alma blanca que anuncia la raza por venir. Pregún el momento utópico en que dejaremos de avergonzarnos de ser un país de base indígena y africana. El extremismo celebra la eugenesia como camino para el perfeccionamiento y blanqueamiento de la raza.

 

Que falta hacer leer el país con las lentes trágicas del fracaso previsible de esta propuesta, de su rostro criminal como podemos leer críticamente en las páginas trágicas de Los Sertões, penetrando en los extemos de la violencia genocida que niega la ciudadanía y devora a sus hijos como termina honestamente concluyendo Euclides de la cuña. ¿Qué falta hace pensar el cuadro brasileño desde el arte de un Francisco de Goya que ofreció a España la imagen de Saturno devorando al hijo. ¿Cómo la falsa necesidad penetra y compromete los caminos de los pueblos lanzando a las naciones en los abismos de sus decisiones cobardes y mórbidas? El efecto de retorno de la violencia en el Brasil de la actualidad se convierte en una ley de la repetición trágica que nos condena a perder de vista el horizonte de las alternativas esbozadas en la letra de la Constitución de 1988 como el programa y el horizonte de nuestra democracia.
 

El uso de las armas se convierte en el pasatiempo predilecto de parte de los dirigentes de la extrema derecha, en el mismo momento en que aumentan los crímenes en el seno de la familia, en la sociedad y, también, de aquellos perpetrados por los agentes de Estado, los mismos que pretenden defendernos violencia. La corrosión de la vida colectiva y de la protección social, el atropello para la destrucción de la esperanza, la precarización de las posiciones sociales en medio del fracaso del neoliberalismo y de la globalización engendran una ola punitiva. Los derechos sociales son limitados y las políticas públicas condenadas. La enfermedad y la ignorancia recuperan el espacio como un supuesto costo necesario para convencer al mercado de nuestra sumisión. El sistema penal gobierna la pobreza así como la cuestión social sigue siendo un caso de policía, aunque los extremistas insisten en que es necesario un mayor uso y dosificación fuertes del mismo remedio que mata al enfermo.

 

Por otro lado, registra en la escena pública la formación de movimientos de opinión financiados y alimentados en la dirección del combate contra las fuerzas que hacen de la igualdad social y del derecho a la diferencia los pilares de la movilidad social. Por eso, tenemos una importante movilización de los que prometen premiar el proceso de selección de los más fuertes, de los más rudos, de los más groseros que se sintieron acosados ​​con las políticas de diversidad, de territorio, de renta y de acceso al saber. En el medio del torbellino y de las tensiones nacidas de la redistribución de la renta, de la movilidad cultural y espacial, los cuerpos chocan, las posiciones y diferencias se revelaron y las bases ético-políticas de la democracia alcanzaron duro el sistema de castas y las posiciones jerárquicas. El extremismo autoritario y el fascismo social siempre se legitimaron a través de las formas y del régimen de dominación que se articula con nuestro capitalismo dependiente y asociado, sumiso, aun cuando abandonado en la era Trump, en el peor momento decidieron apegarnos ante el mundo en mutación. El declive de la esperanza brasileña de justicia social y ambiental toma un poco del encanto del mundo que se encontraba en el Foro Social Mundial en sus ediciones brasileñas.

 

La lógica cultural del capitalismo tardo-periférico hace del discurso del mercado y de la guerra el lugar común para enfrentar la demanda por reconocimiento de los que sufren en el cuadro de vuelta del apartheid social. Las figuras de la sumisión y los pasajes a los actos de desesperación se precipitan sobre los movimientos de los actores: los actos perversos de todo tipo minan valores elementales, unos sugieren lanzar al ex presidente Lula fuera del avión en vuelo, otros sugieren una voluntad de aniquilar a los adversarios usando un trípode como si fuera una ametralladora y de donde menos se espera viene rápido un evento que se alimenta de la subcultura y de los enunciados de la guerra en el cotidiano. El desdoblamiento inicial del atentado de Juiz de Fora puede convertirse en una farsa empeorada del atentado de la calle Tonelero, pues es un acto de las pasiones desencadenadas por la furia extremista como un proceso traumático.

 

Los llamamientos a la violencia pretenden ser docilizados por una demanda hipócrita por reglas de tolerancia. ¿Cómo girar la tendencia sin superar el cuadro que favorece a los invitados a la fiesta de horrores de matar a los petistas? ¿Cómo creer que los que afirmaban el discurso centrado en la eliminación del otro puedan convertirse en nuevos corderos de la tolerancia democrática? El hecho es que las fuerzas defensoras del autoritarismo asumen la iniciativa política lanzándose al ataque contra las muchas brujas que buscan identificar con la realización de propuestas de acciones violentas y punitivas y con el encubrimiento de matanzas y asesinatos sin solución.

 

En la sombra de nuestro volcán podemos ver los cuerpos sin sepultura que reaparecen en medio de los nuevos tiroteos en los espacios de reproducción y uso del territorio. En el momento, la tendencia es tener más de lo mismo, con la intensificación del ritmo de la refriega, con la polarización en la disputa, con el miedo ampliado. El cuadro de articulación entre el combate y los cuerpos políticos, al lado de la batalla en las redes, se hace acompañar del peso de los medios que no se cansan de repetir los marcos conservadores del mercado y de la garantía de la ley y del orden. Las interpretaciones dominantes de la coyuntura se orientan por narrativas que generan una cortina de humo. Entre la transformación de la guerra molecular en guerra de movimiento vemos el problema de la guerra posición, la disputa en los aparatos de hegemonía, de la opinión pública, del sentido común que se hizo decisiva.

 

Pero las condiciones para frenar este debate son desiguales y exigen un enorme esfuerzo de traducción cuando voces y presencias decisivas ya han sido víctimas. Las muertes civiles se están realizando al mismo tiempo que la criminalización degenera y se vuelve como una tragedia contra los propulsores de la guerra sin fin que reaparece como un espectro que ronda la encrucijada actual de nuestra historia. En la facada y en el atentado contra el candidato del PSL queda patente la gravedad del camino abierto por el extremismo derechista y por el golpismo, estarán estas fuerzas dispuestas a retroceder del discurso y del delirio que generaron. En estos momentos todos se convierten en defensores de la democracia, al final ninguna extrema derecha de tipo nazifascista llegó al poder sin medir su peso electoral, sin mostrar su rostro de movimiento de masas. Los golpes de derecha eliminan sus alas plebeyas, que también se eliminan tras la llegada al poder. En Brasil este acordón de élites ya parece esbozarse en la extraña división de trabajos los agentes del bloque político de derecha.

 

El manejo de la búsqueda al centro vuelve al lugar que fue afectado por la crisis del centro, por eso vemos el intento de la costura entre el nuevo extremismo y un conformismo subordinado, conformismo este que ya se ha convertido en una herramienta casa más manipulada que intenta operar la relación imposible de los significados una vez que sus agentes se dejaron llevar por la hipocresía moralista y por el espectáculo de la llamada República de Curitiba. En la ausencia de equivalencias semánticas, vemos ser fortalecidas las distancias entre izquierda y centro, ya que las prácticas discursivas debilitan las fuerzas democráticas y socialistas que sufren con la quiebra forzada de la democracia. Los bajos niveles de respeto a la democracia y los altos niveles de intolerancia aumentan en la medida de su fracaso, de la democracia viene sirviendo para desarmar la fuerza necesaria de rechazo al candidato que fue alimentado por aparatos que liberaron la truculencia jurídica y policial-militar. El atentado nacido de las lógicas de la desesperación y la truculencia, sólo consolida la falla y la falta que ha nutrido el discurso de la licencia para matar, que se convierte en instrumento de cohesión ahora reforzado por la victimización de hecho del candidato del PSL. Pero es poco probable que este despliegue pueda impedir la caída probable de la onda derechista todavía incapaz de bloquear la posibilidad de onda de la resistencia. La lucha democrática aún persiste.


El problema pasa a ser el de garantizar la disputa de narrativa. Pasa a ser el de la fuerza y ​​estatura de Fernando Haddad y Guilherme Boulos ante el empeño de mantener la capacidad de disputa desde la afirmación de un discurso propositivo de justicia social. Dilema que tiene su otra cara en el empeño de Jair Bolsonaro en ser parte de una doble acción, la que provoca y golpea a las hostiles de la izquierda y de los movimientos sociales al mismo tiempo que se alimenta de la falsa cordialidad del "nunca hice mal a nadie". De esta forma, el PSL se beneficia de la vieja construcción imaginaria del cinismo, que pretende capturar un centro liberal y una derecha aún avergonzada de rendirse al fascismo.

 

Un centro que se acobarda por exceso de miedo puede perder posiciones, al temer asumir la responsabilidad de lidiar con la fuerza bestial de la extrema derecha. Fuerza que de cierta forma se engendró en la escena política por su moralismo y cinismo, ya que con su supuesta neutralidad prefirió apoyarse en el desplazamiento hacia la derecha, cerrando los ojos ante los costos más que evidentes de la destrucción y violencia que hemos visto a lo largo del impeachment y del juicio de Lula. Violencia cuya dinámica circular alcanza a todos sin discriminar incluso a los que la engendrar. En nombre de la lucha contra la corrupción se han corrompido las protecciones y virtudes de la democracia sin las cuales la República no avanza y no supera las bases del modo autoritario y oligárquico de gobernar, base esta que al criminalizar la democracia protege los abusos cada vez mayor de quienes temen el cambio y la justicia social y. anhela por promover la masacre social y política que puede lanzarnos en otro capítulo de genocidio en nuestra historia.

 

Por Pedro Cláudio Cunca Bocayuva

 

 

 

 

 

 

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