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APUNTES SOBRE UNA KUÑAKARAI AVA GUARANÍ

1

 

Ella tensó la cuerda del arco, cerró un ojo y apuntó muy segura. Esperó pacientemente que el yacaré que dormía en el estero, abra sus ojos. Cuando al fin lo hizo, una certera flecha lo atravesó. Ella lanzó un grito gutural, empapado de emoción y alegría. Había matado un inmenso caimán y obtendría el cuero entero. Sin proponérselo comenzó a bailar y cantar para que los demás se enteren de su hazaña. El cuero de yacaré significaba mucha yerba, azúcar, harina de trigo, de mandioca y la siempre bien amada leche condensada. Y sobre todo la aprobación del capataz e intermediario, Don Rogelio.

 

 

 

El hombre tomaba nota de todo lo que la anciana contaba, evocando su niñez adolescencia, pues intuía ahí, literatura pura. La miraba despacio y escuchaba absorto y ya era selva húmeda, Iberá silencioso. La anciana le decía que tenía una Mbija (estrella) que la protegía y la guiaba cuando la noche con su discurso de brujo quería encerrarla y envolverla con su Pane (mala suerte). La hacia invisible cuando el Pombero (espíritu de la noche) la aturdía con su Pu (sonido) para robarle la Poty (flor) de su corazón.

 

Al hombre le hubiese gustado tener un grabador y simplemente dejar que su voz se imprima en él y luego desgrabar. Sobre todo cuando contó sobre un mono caraya que llegaba todas las mañanas y desayunaba a distancia con ella y luego iba a perderse en el follaje. Ella decía que ese mono tenía un Pytú (oscuro) cementerio en sus ojos, ya que los blancos o sea los tuyos, cazaron a toda su manada y él quedo Ñonte (solo) y desde entonces anda Mba`embyasy (Triste/melancólico). Los blancos solo se pueden  Mbohory (alegrar) cazando, matando, sometiendo. El espíritu de la muerte los Pajeu (encanto) y lo llevan ñemihame (escondido) en su corazón.

 

Cuando las nubes bajas tocan las copas de los árboles y mojan los helechos más altos, los guaraníes entonan delgados silbidos, dado que las barbas del cielo rosan la selva y suponen una bendición. Es cuando el Angue (alma de los muertos) se elevan y se les encarga algunos pedidos, que generalmente son buenas cosechas de mandioca, maíz, porotos. El silbo es un alegre y sencillo pedido.

 

La anciana encendió un cigarro y su mirada se instaló en la geografía de las nubes, sus arrugas custodian calladamente secretos de tambores y rituales. El se dió cuenta que la entrevista se suspendía por un ratito. Puso la pava y preparó unos mates, se hundió también en la geografía infinita del cielo, esperando que los pétalos de las palabras de la anciana volvieran a brotar. El Tatati (humo) del cigarro oficiaba de telón de  fondo.

 

2

 

Los filosos machetes se reparten alegres la luz del día en estornudos brillantes, la amarga planta del tabaco cede sin resistir y se parte como la madrugada que llega a pequeños saltitos. El Aña (Diablo) hoy esta Amyryi (difunto) y el Avati (maíz) lo está velando. Dijo la anciana. Tener maíz significa felicidad por un tiempo, después se verá. La gente y los animales tienen comida y eso basta. La aldea está limpia, la siesta pura y la noche erótica. La anciana se instala en una picara lejanía y sonríe, sonríe en silencio. El hombre no quiere preguntar, no quiere hacer ruido, hay un recuerdo que dormía y se despierta despacio, se le ve las formas de sus pasos, la huella de la nostalgia.

 

El hombre distingue que Che róga opyta significa vivir en guaraní y la Kuñakarai (señora) está viviendo, recorriendo el paciente momento en que era kuñatai (señorita, muchacha). Cuando la vida vaporizaba desde las hojas de la selva y del tabacal. Cuando hacia reír el río, cuando hacían llorar la Arai (nube) y los Ka’i (monos) aplaudían eufóricos.

 

Se podía correr como una gacela transparente y sus pasos parecían de agua, los tarascones de las yararás no alcanzan a despertar el calor de la sangre. La anciana explicaba que cuando se mata una yarará, se la sujeta por la cabeza, le abren la boca y pinchan la carne de las personas, como si fuera un leve vacuna y de a poquito las van inmunizando. Parece que la víbora sabe y no se gasta tanto con ellos. Los blancos son extranjeros de la selva, el monte, la llanura y del rio, por eso ellos mueren cuando la yarará le ensarta su mortal dentadura. Los blancos son forasteros y tienen el alma sucia y por más que nos peguen, nos manden, nos usen, nos abusen nunca serán libres como la lluvia, ni alegres como la brisa, ni valientes como el yaguar y no comprenderán jamás el idioma del sol.  Es triste la vida del blanco, por esclavizar se ha vuelto esclavo.

 

El hombre no sabe si seguir tomando apuntes, si la narración podrá ser transmitida como literatura, si el esqueleto de las letras podrán reflejar la poesía de carne y raza que rebalsa el cuerpo de la kuñakarai. Se pregunta si no está esclavizando el relato y a su vez ser esclavo, si no usa y abusa de la historia y se pone triste, porque por más que escriba y escriba, que lea y escriba, tampoco nunca comprenderá el idioma del sol.

 

3

 

La torcaza era enorme, de plumaje corto, estaba a una distancia prudencial y absorta en su ritual canto de amor. La luna llena había hundido todos los peces, sumado a la escasez de tapires el hambre ronroneaba sin pudor por la aldea. Ella preparo su cerbatana, su flecha con curare. El lenguaje azul de su estómago proveería la puntería necesaria. Pero un papagayo que suele peregrinar  la siesta se posó en una rama más cercana.  El más hermoso de los Guyra (pájaros) con un plumaje perfecto para lucir en su áva (Cabellera) y la coquetería pudo más que el hambre. Ella salió de la selva danzando con su pelo lleno de plumas multicolores y entonando un Hory (divertido) canto. Relata la kuñakarai entre risas.

 

 

 

La aldea tiembla, porque el viento  trae ruido de campanas, atraviesa sombras, espinas, humedales, guazunchos, carpinchos, atraviesa musgos, líquenes y helechos. Llega con su locura, su molesta raíz. Es la procesión de San Antonio que se aproxima. Con sacerdotes que invitan al sanatorio de almas perdidas como la de ella. Como para impresionar suenan bombas de estruendo y canciones en latín. Ella se asusta, saca su puñal de monte y se esconde en una zanja. Una amable mano de un hombre con vestido se tiende y la levanta, ella se deja asistir. Le hablan en guaraní y le muestran un dios crucificado, doliente y un santo de mirada compasiva. Ella comprende que son dioses extorsivos y que conviene llevarse bien y entre un padre nuestro y un yo pecador recitado en castellano, se hace católica. Ira a misa regularmente, si los blancos que no le temen a nada se achican y arrodillan ante este dios, debe ser de temer.

 

Es difícil el idioma de los blancos, usan demasiadas palabras. Se ve que les cuesta comunicarse, es un lenguaje de otras tierras, como si ellos no tuvieran palabras propias ni nombre para las cosas. Pero no es raro, dice Kuñakarai, los blancos se robaron hasta las letras de otra gente. Definitivamente estos hombres no tienen ñe’è (lengua). Por eso la gente siempre los llama Pytagua (forastero) aunque hayan nacido en el lugar. Ellos dicen Hayhu (amar) la tierra, porque a la tierra le sacan cosas, solo por eso. No son parte de ella.

 

El hombre escribe casi con vergüenza, habita el espacio con temor. Si, su lengua, como su creencia es importada. La piel se le pega a las letras, su nombre, su apellido es ajeno a esta tierra. Le pregunto tímidamente a la anciana ¿cómo se dice perdón en guaraní? Y ella respondió: Che rendumi. Y así título al capítulo: Che rendumi.

 

Luis Daniel Godoy

 

 

 

 

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