MARCO POLO EN EL CONURBANO


Redacto estas palabras con la intención de ocupar un espacio vacío de una hoja en blanco, en simultáneo llenar un espacio (vacío) temporalmente en la cotidianidad que abruma por la manija que anda por los aires, por la impaciencia que llega y por un mantra eficaz que contiene todo eso (y mucho más) por unos largos minutos de armonía. Por lo que, lo que se vuelca acá, es meramente una ficción, un hecho artístico (que alguien llame a mi representante) o por lo menos eso intenta. Y como todo hecho artístico con firma personal, voy a jugar un poco con las palabras, los tiempos verbales, los #lenguajesInclusivos y todo tipo de anomalía simbólica que la #GenteQueViveDelPasado aborrece sin argumentos. Espero sepan entender y pido disculpas a los que no comprenden que el lenguaje vive como el fuego de la pasión que encierra tu corazón y antes de que te enojes y dejes de leer, rézate un mantra o un padre nuestro, respirá profundo, llénate de paciencia, comprendeme, compartime, likeame.



Marco Polo anduvo por el conurbano, claro que es mi amigo y claro que me contó lo que vio. Yo como buen ciudadano instruido, cívico y obediente reflejaré lo que él me dijo, trataré de ser fiel y no tergiversar los hechos, porque si se enoja tiene un ejército de malandres esperándome en la vuelta de la esquina, ahí donde dobla viento y se cruzan los fantasmas. Llegó al conurbano luego de deambular por EuroAsia, cruzar el atlántico en un carguero y mulear desde Brasil para poder arribar a la nueva tierra prometida: Argentina. Para su suerte (es una forma de decir) llegó al conu, se bajó en la estación subfluvial de Tigre y se tomó el 365 sin saber destino. Cuando se bajó del bondi ya era tarde, tenía algunos pesos y mucha hambre, entró en un bar moderno, de esos que te venden la hamburguesa casera y la birra artesanal a cambio de un hígado, se arrimó a un grupete de jóvenes, eran militantes trotskistas que salían de la universidad. Estos bares son el lugar de los trotskistas sin lugar a dudas, se quedó sin plata al toque y los nuevos amigos lo dejaron en banda por sus ideas modernas sobre las formas en que el capital se reproduce, no voy a entrar en detalles sobre esa discusión para no herir susceptibilidades, pero ni siquiera le pagaron esa pinta de más que se tomó.


Durmió unos días en la puerta del bingo justo en la época más fría del año, se salvó del hambre gracias a las almas caritativas que por la noche repartían un plato de comida calentito y hasta fue denunciado como militante de La Cámpora por su situación de calle. Todos los que conocen a Marco Polo saben que es una persona inquieta, habla en varios idiomas y es muy entrador, ideal para sumergirse en nuestra economía popular nacional y desarrollar un micro emprendimiento sostenible, por lo menos hasta que se vaya Macri, pegue un laburo “formal” y pueda alquilar algo. Esa es su idea, no se la discuto. Al principio no le fue bien, como les conté, los Troskos lo dejaron en banda por decir que la revolución será popular y se va a dar en un contexto que ni siquiera está dado, por una organización social que todavía no está madura. #EsteQuienSeCreeQueEs dijeron y se fueron sin pagar su cuenta. Estuvo cuatro días en la calle hasta que se hizo amigo de los senegaleses, al principio observaba su metodología de venta y le pareció cautivador, para él que vio todo, ponerse a vender en la calle no era un melodrama, así que se hizo amigo de ellos y a regañadientes lo invitaron a formar parte del equipo de venta. La cuestión fue que los negros se apiolaron al segundo día, Marco Polo tenía un “chamullo” digno por sus andanzas, vendía más que ellos y aparte no era negro, se juntaron detrás de un paño de anteojos y decidieron quitarle la mercadería a comodato que le habían prestado, sin embargo fueron considerados y dejaron que se quede con el dinero que había recaudado esos días sin cobrarle nada. El tema es que lo echaron de la quinta que alquilan en Bella Vista y quedó otra vez a la vera, a la espera de un milagro, de que pase algo que lo saque de esa situación. Marco Polo es un gladiador, imagínense por todas las aventuras que paso en su vida, al borde de la muerte miles de veces, para él esto es cuestión de suerte, de horas.


Le quedaban 500 pesos, se compró un paquete de Don Satur y una lata de cerveza en un kiosco del barrio El Faro y almorzó en la vereda del improvisado almacén. Mientras degustaba un bizcocho de grasa pensaba en que invertir esos pesos, no le importaba nada más, ni siquiera dormir. Hasta que su #milagro ocurrió, un pibe en la calle vendiendo medias se le acerca y le dice “amigo no tené un cigarro pa convidarme amigo” Marco Polo no fuma, pero le convidó unos bizcochitos y compartió su cerveza, el pibe se emocionó y compró otra cerveza, esta vez de litro. Se quedaron chamullando en la esquina del barrio, con la birra en la mano, después cayó otro pibe, pintó un porrito, otra birra y otra más, le contó su situación de homeless, los pibes no le entendieron pero igual lo invitaron para el rancho “mi vieja va a hacer un #AltoGuiso esta noche perri, venite pa mi casa amigo y te tiramos un colchón en el piso amigo, dormís en mi casa amigo, no pasa nada perro”.


Después del martes agitado, de las birras y el porrito del rico, del paraguayo, llegó a la casa del amigo medio tambaleándose, la viejita, la madre del amigo, no lo esperaba en casa, pero como les dije Marco Polo es muy entrador, muy simpático, así que lo aceptó emocionada en su hogar, se puso contenta por su visita, ahí nomás le enchufó el calefón eléctrico, lo obligó a bañarse y cuando salió del baño tenía su plato de guiso de arroz servido en la mesa. Se quedó una semana en la casa, bacán como nunca, meta porro y birra con los pibes hasta que la viejita vio como la plata le empezó a rendir menos, todo bien con Marquito (así le decían) y sus historias extraordinarias, pero había que laburar para pagar la comida.


Hace dos semanas, sábado a la mañana, recién terminaba de tomar unos mates, golpean las manos en la vereda de mi casa, abro la puerta, un vendedor ambulante. ¿Quién era? Nada más y nada menos que Marco Polo vendiendo fuentones en el conurbano. Como les dije, Marco Polo tiene buen chamullo, mas no decir de su calidad en el arte de la venta, al principio le dije que no, que no quería nada, ni sabía yo quién era él, pero instó en que vea la mercadería. Fui cordial y caminé hasta la reja, lo atendí, le deseé suerte para que venda todo, pero como buen vendedor insistió, me cambió de tema, astuto como hombre de mundo, me sacó de los fuentones y se puso a hablar del barrio, sus calles, la vegetación, el cantar de los pájaros, todo de manera romántica, me pareció rara su forma de expresarse, comencé a identificar su acento extranjero, hablaba en verso, me resultó entretenida la charla así que nos quedamos hablando, en eso salió mi compañera para ver con quién conversaba, así que él muy astuto le sacó charla a ella y nos terminó vendiendo dos fuentones y una palangana.


Nos contó quién era, yo había leído de él y sus aventuras, jamás pensé que un día se aparecería en mi casa, mucho menos vendiendo fuentones. Los sociólogos y quizás los filósofos modernos dirán que Marco Polo fue un hilvanador de culturas, donde une nodos, traspasa e interpela a todos ellos, una especie de tejedor de la interculturalidad que emerge en la región metropolitana de Buenos Aires. Marco Polo no sólo demuestra todo lo que nosotres aquí en la región somos, sino en base a que nos formamos como sujetos y que a partir de esta heterogeneidad nuestro actuar se condiciona, se nos imponen límites bien claros, hasta qué nivel de la rayuela podemos saltar o llegar, en el contexto de la distinción, la segregación socio espacial y por qué no, la grieta. Quizás el vino a transgredir y mover el avispero para que nos despertemos. También lo podemos aludir a la mitología japonesa, Marco Polo es el poseedor del hilo rojo que conecta todo, ese hilo invisible que se adhiere a nuestro dedo meñique, con la idea de que el futuro de cada una de las personas está predestinado desde el momento en que pone los pies sobre el suelo. Sociólogo, académico o antropólogo, Marco Polo (vendedor de fuentones) ya conoce más del conurbano que muchos intelectuales y académicos que se llenan la boca (y muchas páginas de libros) hablando de nuestra región, sin conocer lo que pasa en esas esquinas donde dobla el viento ni mucho menos en esas esquinas donde la organización comunitaria explota culturalmente. No todo es rock, no todo es cumbia, no todo es villa, no todo es chalecito, no todo es caos, no todo es pobreza, no todo es delincuencia, no todo es corrupción, no todo es decepción, no todo es desesperanza, no todo es lo que se dice que es desde la cultura dominante, desde lo que el academicismo elitista dice de nosotres. Quizás Marco Polo viene a dejar en claro esto, su mensaje es “salí del escritorio, camina, recorre, habla con la gente, interesate en su historia, no sólo en sus problemas, escuchalo, entendelo, aprehendé y luego sí, luego llena las hojas de tu paper”. El genovés terminaría con un "capiche".


Habrán pasado 40 minutos, tuvo que seguir con la venta, todavía le quedaba bastante mercadería, pero prometió volver ni bien venda todo. Así fue que esa misma tarde volvieron a golpear la puerta de mi casa, esta vez sin fuentones, lo invité a pasar, tomamos unos mates, hicimos un pollo a la parrilla por la noche, se quedó a dormir y se fue el domingo por la tarde-noche. Fueron infinitas las charlas que tuvimos, le pedí permiso para redactar sus historias y me dijo “Si Calvino las escribió, porque no lo vas a hacer vos”, claro que salvando las distancias entre el italiano y quien les escribe, les pasó a relatar dos historias de Marco Polo en el Conurbano: José Cin Paz y Morneo:


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José Cin Paz

Recorro la avenida norte - oeste sur que une las ciudades más populosos y pobres del Conurbano Bonaerense (tiene ese no sé qué). Estoy en la mitad de la larga ruta 24, a la altura de José Cin Paz, en la mitad del mismo, con la camioneta de mi amigo recorro sus kilómetros y observo una montaña de gente, enlazados entre sí forman una torre que tiende al infinito negativo en las profundidades de la planicie de la pampa húmeda. Un zanjón que se convierte en valor de uso y de cambio, maximiza la renta del suelo por cada une de los miles que se pierden en los toldos, el sol y el calor que brota de la tierra. Se mixta, se desfiguran unes con otres y todo se ve como un río de gente, una trituradora de residuos que para algunos ya no sirven (para otres es un tesoro) disputan el espacio entre el humo del chori, infalible como infaltable, el barro que dejó la lluvia y la vida que nos trajo. Ojotas, naipes, ropa usada, herramientas, autopartes, ropa nueva, pochoclos, revistas y libros viejos, Cd´s, muebles de todo tipo, antigüedades, ties, hijes, primes, hermanes, padres, todo en un fin de semana. Sobre pilotes de 60 cm enterrados en la tierra brava, apoyan sus tablas para hacerse de un mango que los saque de la miseria, por lo menos este sábado. Mercado recontra re popular que denota el abandono de quien gobierna, -pienso como a veces, reflexiono como siempre: es más caro para el municipio hacerse cargo del problema que aceptar la clandestinidad y llevar un proceso para formalizar la situación, imagínense toda el cash líquido que se pierde por no hacer la vista gorda – Me camuflo entre los habitantes, vendedores y compradores de miseria, camino esos pasillos sin viviendas, sin cables y sin TV, solo tablas, solo cash, cash y mas cash.

Las calles mojadas van atiborrándose, seguí, no era el lugar donde parar, algún día retomare el caso. La vida es tan moderna que ya no necesito nada de lo que tuve, porque puedo tener lo que no tengo cuando quiera y disponga tenerlo. Lo doy todo sin nada, sobre el pasto húmedo vendo mis muelas doradas, mis muletas, mi rosario. Quedó desnudo al estado que siempre te da algo más, por mucho menos de lo que doy, de lo que damos.

Yo quiero cash y tengo cash. Yo quiero cash y doy cash. Todes quieren cash, todes quieren vivir, por algo nos juntamos e hicimos el negocio éste. Y cuando termine el día, con todo lo vendido y comprado somos felices. Al fin.


Cruzó la frontera y veo Morneo frente a mí.


Morneo, ese amplio y profuso territorio, con 500 mil habitantes a cuestas, se disputa entre ser una ciudad única, pujante y emprendedora con aquella que en el fondo guarda vestigios y rencores de lo que supo ser en el pasado. Es que el pasado es tan presente como lo será el futuro. Tres tiempos en el espacio y uno ingenuo puede deducir que la mezcla de ambos da como resultado un bello paisaje, colonial, moderno y sublime. Quizás podemos decir que Morneo es bella como las ciudades holandesas que en el final de la extensión de sus canales dejan mostrar castillos feudales con el edificio smart. Pero no. Acuartelados en el cuartel cinco los pobres y los no tan pobres, se esconden niños de tosca entre los girones oxidados de viejas partes de autos que se camuflan entre el barro y el matorral de la vera de una ruta 24 angosta y malhumorada, que queda chica y colapsa eternamente para tanta cantidad de gente. El progreso empuja, las calles nuevas se abren en las quintas loteadas y las casillas asoman en la intimidad de un campo altamente celoso. Los habitantes salen a disputar el barro, la calle, palmo a palmo, voto a voto con una cumbia que arrulla el viento, mientras que los colectivos se tambalean al ritmo de la canción. Morneo tan amplia, tan inmensa, abandonada por el poder, despojada de las redes que envuelven el siglo xxi. Y nosotres pensamos en smartcities, y nosotros queremos zapatillas blancas para no ser pobres, y nosotros queremos hormigón y un techo que no tambalee con el viento y nosotros queremos una escuela, un hospital, un jardín, una luz en la calle, una caricia a la mañana. Nosotros pedimos mucho a Morneo, él en cambio nos regala huellas y misterio. Nos abandona en el alba, justo cuando la gota de rocío comienza a evaporarse, justo cuando ya nos acostumbramos a ser pobres y honrados, justo cuando empezamos a hablar (no vaya a ser cosa que sea de más, que se nos escuche).

La historia de los pueblos se guarda en la memoria de las familias que lo habitan. Acá en Morneo no hay historia que resista el abandono y la desidia, pero si se acepta la paradoja, hay muchas familias desposeídas y abandonadas que en tanto familias esconden una historia, un camino lleno de esperanza que culmina en su nueva casa, en su nuevo patio y en aquel paraíso plantado que dará sombra en la tarde. Las familias nuevas construyen historias nuevas, el territorio las recopila en sus raíces. El tiempo le dará vida a la memoria, quizás el arte de guardar se reconcilie con las familias y entre todos tengamos un Morneo feliz, gigante y hermoso.

Me fui para volver siempre, a veces vuelvo al mismo lugar donde sé que la mística de una flor seca puede más que mil promesas, vuelvo para que una brasa de carbón caliente el hierro que alimentará mi esperanza de trigo. ¿Qué han hecho de ti Morneo?



Nahuel Godoy

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